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Blog Proyecto SAMSARA

literatura

EL LIBRO DEL NIÑO AUTOR OSHO

22 Enero 2013 , Escrito por Fundacion Samsara 3123317332 - 3124224348 Etiquetado en #LITERATURA

 

OSHO

 

EL LIBRO DEL

niño

 

Una visión revolucionaria

de la educación infantil

 

 

 

 

Sumario

 

 

 

Las cualidades del niño...........................................                  3

Embarazo, nacimiento, infancia...........................                  9

Condicionamiento......................................................                18

Educando al nuevo niño..........................................                                    25

Consejos a los padres.............................................                38

Adolescentes...............................................................                48

Educación.....................................................................                58

Reconciliación con los padres..............................                75

Meditación....................................................................                81

Meditaciones...............................................................                85

El Paraíso recuperado..............................................                90

Acerca de Osho..........................................................                93

 


 

 

 

 

 

 

Las cualidades del niño

 

 

 

A EXPERIENCIA del niño obsesiona durante toda su vida a la gen­te inteligente. La quieren repetir: la misma inocencia, el mis­mo asombro, la misma belleza. Ahora es un eco lejano; parece como si la hubiese visto en un sueño.

Pero toda la religión nace de la cautivadora experiencia de la in­fancia, del asombro, de la verdad, de la belleza y de la hermosa dan­za de la vida en todas las cosas. Los cantos de los pájaros, los colo­res del arco iris, la fragancia de las flores recuerdan al niño, que ha perdido el Paraíso, en lo más profundo de su ser.

No es una coincidencia que todas las religiones del mundo ten­gan en sus parábolas la idea de que una vez el hombre vivió en el Paraíso y de alguna manera, por alguna razón, fue expulsado de él. Hay diferentes historias, diferentes parábolas, pero significando una verdad sencilla: estas historias son sólo un modo poético de decir que todo hombre nace en el Paraíso y después lo pierde. Los retrasados, los poco inteligentes, lo olvidan por completo.

Pero las personas inteligentes, sensibles, creativas, siguen es­tando obsesionadas por el Paraíso que una vez conocieron y que ahora permanece en ellas como una tenue memoria, difícil de creer. Empiezan a buscarlo de nuevo.

La búsqueda del Paraíso es nuevamente la búsqueda de tu in­fancia. Por supuesto, tu cuerpo no será ya el de un niño, pero tu conciencia puede ser tan pura como la de un niño. Este es el se­creto del camino místico: hacerte de nuevo un niño inocente, sin contaminar por los conocimientos, sin saber nada, todavía cons­ciente de todo lo que te rodea, con un profundo asombro y sentido del misterio que no puede ser desmitificado.

 

 

Alegría

 

Nadie permite a sus hijos bailar, cantar, gritar y saltar. Por ra­zones triviales ‑quizá pueden romper algo, quizá se les moje la ropa con la lluvia si corren en el exterior‑, por pequeñas cosas se destruye por completo una gran cualidad espiritual: la alegría.

El niño obediente es elogiado por sus padres, por sus profesores, por todo el mundo, y el niño juguetón es censurado. Sus ganas de jugar podrían ser totalmente inofensivas, pero es censurado porque existe un peligro potencial de rebelión. Si el niño continúa crecien­do con total libertad para ser juguetón, acabará siendo un rebelde. No será fácilmente esclavizado; no le podrán reclutar fácilmente en un ejército para destruir gente, o para que le destruyan.

El niño rebelde se convertirá en un joven rebelde. Entonces no podrás obligarle a que se case; no podrás obligarle a aceptar un de­terminado empleo; no se le podrá obligar a satisfacer los deseos in­completos y los anhelos de sus padres. La juventud rebelde segui­rá su propio camino. Vivirá su propia vida de acuerdo con sus deseos más íntimos, no de acuerdo con los ideales de otra persona.

Por todas estas razones, se sofoca su capacidad de jugar, se la aplasta desde el principio. Nunca se le da una oportunidad a tu natu­raleza. Poco a poco empiezas a cargar con un niño muerto en tu in­terior. Este niño muerto en tu interior destruye tu sentido del humor: no puedes reírte totalmente, con todo tu corazón, no puedes ju­gar, no puedes disfrutar de las cosas pequeñas de la vida. Te vuelves tan serio que tu vida, en vez de expandirse, comienza a encogerse.

La vida debe ser, en cada momento, una creatividad preciosa. No importa lo que crees, podrían ser sólo castillos en la arena, pero todo lo que haces debería salir de tu capacidad de jugar y de tu alegría.

 

Inteligencia

 

La inteligencia no es algo adquirido, es inherente, es de naci­miento, es intrínseca a la vida misma. No sólo los niños son inteligentes, los animales a su manera son inteligentes, los árboles a su manera son inteligentes. Por supuesto, todos ellos tienen diferentes tipos de inteligencia porque sus necesidades difieren, pero ahora es un hecho aceptado que todo lo que vive es inteligente. La vida no pue­de existir sin inteligencia; estar vivo y ser inteligente son sinónimos.

Pero el hombre es un dilema por la sencilla razón de que él no sólo es inteligente, además es consciente de su inteligencia. Esto es algo único, es su privilegio, su prerrogativa, su gloria, pero puede convertirse fácilmente en su agonía. El hombre es consciente de que es inteligente; esta conciencia conlleva sus propios problemas. El primer problema es que crea el ego.

El ego no existe en ningún otro lugar excepto en los seres hu­manos, y comienza a crecer cuando el niño comienza a crecer. Los padres, las escuelas, los colegios, la universidad, todos ayudan a re­forzar el ego por la sencilla razón de que durante siglos el hombre ha tenido que luchar para sobrevivir, y la idea se ha convertido en una fijación, en un profundo condicionamiento inconsciente: sólo los egos fuertes pueden sobrevivir en la lucha por la vida. La vida se ha convertido sólo en una lucha por sobrevivir. Y los científicos lo han hecho incluso más convincente con la ley del más fuerte. Por eso ayudamos a todos los niños a reforzar el ego, y es ahí don­de surge el problema.

A medida que el ego se va haciendo más fuerte, comienza a ro­dear a la inteligencia como si fuese una espesa capa de oscuridad. La inteligencia es luz, el ego es oscuridad. La inteligencia es muy delicada, el ego es muy duro. La inteligencia es como una rosa, el ego es como una roca. Y si quieres sobrevivir, dicen ‑los supuestos sabios‑ que tienes que volverte como una roca, tienes que ser fuer­te, invulnerable. Tienes que convertirte en una fortaleza, una for­taleza cerrada, para que no puedas ser atacado desde el exterior. Tienes que hacerte impenetrable.

Pero entonces te cierras. Empiezas a morir en cuanto a tu inte­ligencia se refiere, porque la inteligencia necesita un cielo abierto, el viento, el aire, el sol para poder crecer, para expandirse, para fluir. Para seguir viva necesita fluir constantemente; si se estanca, se convierte poco a poco en un fenómeno muerto.

No permitimos a los niños que sigan siendo inteligentes. Lo pri­mero es que, si son inteligentes, serán vulnerables, delicados, abiertos. Si son inteligentes serán capaces de ver las muchas false­dades que hay en la sociedad, en el Estado, en la Iglesia, en el sistema educativo. Se convertirán en rebeldes. Serán individuos; no serán fácilmente intimidados. Los puedes aplastar pero no los pue­des esclavizar. Los puedes destruir pero no puedes obligarles a ce­der. En un sentido, la inteligencia es algo muy suave, como una rosa; en otro, tiene su propia fuerza. Pero esta fuerza es sutil, no es grosera. Esta fuerza es la fuerza de la rebelión, la de una actitud in­sobornable. Uno no está dispuesto a vender su alma.

Observa a los niños pequeños y entonces no me preguntarás; verás su inteligencia. Sí, no son eruditos. Si pretendes que sean eruditos, es que no piensas que sean inteligentes. Si les haces pre­guntas que dependen de la información, no te parecerán inteli­gentes. Pero hazles preguntas reales que no tengan nada que ver con la información, que necesiten una respuesta inmediata, y ve­rás: son más inteligentes que tú. Por supuesto, tu ego no te per­mitirá aceptarlo, pero si consigues aceptarlo te ayudará muchísi­mo. Te ayudará a ti, ayudará a tus niños, porque si eres capaz de ver su inteligencia, podrás aprender mucho de ellos.

Aunque la sociedad destruye tu inteligencia, no puede destruir­la totalmente; sólo la cubre con muchas capas de información.

Y esta es toda la función de la meditación: llevarte hacia dentro profundamente. Es un método para profundizar en tu propio ser hasta llegar al punto donde se encuentran las aguas vivas de tu in­teligencia, hasta que descubras la fuente de tu propia inteligencia. Sólo cuando hayas vuelto a descubrir a tu niño entenderás lo que quiero decir cuando enfatizo una y otra vez acerca de que los niños son realmente inteligentes.

 

La madre estaba preparando a Pedrito para ir a una fiesta. Cuando acabó de peinarle y colocarle el cuello de la camisa le dijo:

‑¡Ahora vete, hijo! Diviértete... ¡ y pórtate bien!

‑¡Por favor, mamá! ‑dijo Pedro‑. ¡Antes de que me vaya decíde­te por una de las dos!

 

¿Entiendes de qué estoy hablando? La madre estaba diciendo: «Diviértete... y pórtate bien.» Pero las dos cosas no pueden su­ceder a la vez. Y la respuesta del niño tiene un valor inmenso. Dice: «Por favor, antes de que me vaya decídete por una de las dos. Si dejas que me divierta, entonces no puedo comportarme; si quieres que me comporte, entonces no puedo divertirme.» El niño puede ver la contradicción claramente, que podría no ser tan evidente para su madre.

 

Un transeúnte le preguntó a un niño:

‑Hijo, ¿puedes decirme qué hora es?

‑Sí, por supuesto ‑respondió el niño‑, pero ¿para qué necesita saberla? ¡Está cambiando todo el rato!

 

Delante de la escuela colocaron una nueva señal de tráfico. De­cía: «Conduzca despacio. ¡No mate un estudiante!»

Al día siguiente apareció, debajo de la señal, una frase garaba­teada con letra de niño que decía: «¡Espere al profesor!»

 

El pequeño Pedrito regresa de la escuela con una gran sonrisa dibujada en la cara.

‑Bueno, cariño, pareces muy contento. ¿Verdad que te gusta la escuela?

-No seas tonta, mamá ‑responde el niño‑. ¡No se debe confun­dir el ir con el volver!

 

Mientras va andando lentamente hacia la escuela, el niño reza:

‑Amado Dios, por favor no dejes que llegue tarde a la escuela. Te lo ruego, Dios mío, haz que llegue a tiempo...

En ese mismo momento pisa una piel de plátano y resbala unos metros en el camino. Mientras se levanta, mira irritado hacia el cielo y dice:

‑¡Vale, vale, Dios! ¡No hace falta que empujes!

 

La joven profesora escribió en la pizarra:

‑No me he divertio en todo el verano.

Entonces preguntó a los niños:

‑¿Qué está equivocado en esta frase y qué debo hacer para co­rregirlo?

Ernestito gritó desde atrás:

‑Échate un novio.

 

Un niño pequeño estaba haciendo un test con un psicólogo:

‑¿Qué quieres ser de mayor? ‑preguntó el psicólogo.

‑Quiero ser médico, pintor o ¡limpiacristales! ‑responde el niño.

Confundido, el psicólogo le preguntó:

‑Pero.... no lo tienes demasiado claro, ¿no?

‑¿Por qué no? Lo tengo muy claro. ¡Quiero ver mujeres desnudas!

 

El padre le estaba contando historias a sus hijos en el comedor después de cenar:

‑Mi bisabuelo luchó en la guerra contra Rosas, mi tío luchó en la guerra contra el Káiser, mi abuelo luchó en la guerra de España contra los republicanos y mi padre luchó en la segunda guerra mundial contra los alemanes.

 

A lo que el más pequeño respondió:

‑¡Mierda! ¿Qué le pasa a esta familia? ¡No se lleva bien con nadie!

 

Inocencia

 

Los niños pequeños son inocentes; pero no se lo han ganado, es natural. En realidad son ignorantes, pero su ignorancia es mejor que la supuesta cultura, porque la persona culta está simplemente ocultando su ignorancia con palabras, teorías, ideologías, filoso­fías, dogmas y credos. Está tratando de ocultar su ignorancia, pero con sólo rascar un poco no encontrarás en su interior sino oscuri­dad, no encontrarás sino ignorancia.

 

Los niños están en mucho mejor situación que las personas cul­tas porque son capaces de ver. A pesar de ser ignorantes, son es­pontáneos, tienen atisbos de inmenso valor.

Un niño pequeño, al que le había entrado el hipo, gritó:

‑Mamá, ¡estoy tosiendo del revés!

 

Una madre muy parlanchina llevó a su hijo a la consulta del psi­quiatra para que lo examinara. El psiquiatra examinó al pequeño y le sorprendió que no prestara ninguna atención a sus preguntas.

-¿Tienes algún problema oyendo? ‑le preguntó el psiquiatra.

‑No ‑contestó el niño‑. Tengo problemas escuchando.

 

¿Entiendes lo que está diciendo? Escuchar y oír son dos cosas totalmente diferentes. El niño había dicho: ‑No tengo problemas oyendo, pero escuchar me cansa. Uno tiene que oír (la cotorra de la madre está ahí), pero tengo problemas escuchando. No puedo prestar atención. ‑La madre y su manera de cotorrear han destrui­do algo de gran valor en el niño: su capacidad de atención. Está completamente aburrido.

 

El profesor de segundo grado envió a la pizarra a los niños para resolver problemas aritméticos.

Uno de los niños dijo:

‑Me se ha acabado la tiza.

‑Eso no es correcto ‑respondió el profesor‑. El modo correcto es: «Se me ha acabado la tiza, se te ha acabado la tiza, se nos ha acabado la tiza, se les ha acabado la tiza.» ¿Entiendes ahora?

‑No ‑dijo el niño, ¿Qué ha pasado con toda la tiza?

 

El reloj acababa de dar las tres de la madrugada cuando la hija adolescente del sacerdote regresó del baile. El sacerdote y su espo­sa habían estado esperando a la muchacha levantados, y cuando apareció por la puerta éste le dijo con desprecio:

‑Buenos días, hija del demonio.

Hablando suavemente, como debería hacerlo cualquier mucha­cha, ésta respondió:

 

‑Buenos días, padre.

 

El profesor estaba tratando de enseñar a restar.

‑Ahora, Hugo ‑dijo‑, si tu padre ganase 30.000 pesetas a la se­mana y le descontaran 1.000 pesetas del seguro, 2.000 de la Segu­ridad Social y 5.000 de impuestos, y entonces le diera a tu madre la mitad, ¿qué tendrá ella?

‑¡Un ataque al corazón! ‑dijo el niño.

 

La cena había terminado. El padre y su hijo de nueve años es­taban en la sala de estar mirando la televisión. La madre y la hija estaban en la cocina lavando los platos sucios de la cena. De re­pente, el padre y el hijo escucharon un tremendo sonido al rom­perse algo en la cocina. Esperaron un momento sobresaltados pero no escucharon ni un ruido.

‑Ha sido mamá la que ha roto el plato ‑dijo el niño.

‑¿Cómo lo sabes? ‑preguntó su padre.

‑Porque ‑respondió el hijo‑ ¡no ha dicho nada!

 

Desde la cocina llegó el sonido del estruendo de un vaso roto o una porcelana rota.

‑¡Guillermito! ‑gritó su madre desde la sala‑. ¿Qué demonios estás haciendo en la cocina?

‑Nada ‑dijo Guillermito‑. ¡Ya he terminado!

 

Un vendedor que había estado trabajando en el área de Nueva Inglaterra iba a ser trasladado a California. El traslado había sido el principal tema de conversación en su casa durante semanas. La no­che anterior al gran traslado, su hija de cinco años se puso a rezar sus oraciones y dijo:

‑Y ahora, Dios, me tendré que despedir para siempre porque ¡mañana nos vamos a California!

 

,¡Cómo conseguiste de niño mantener tu propia clari­dad y no dejarte intimidar por los adultos que te ro­deaban.1 ¿De dónde sacaste la valentía necesaria?

 

La inocencia es valentía y claridad a la vez. No necesitas tener valentía si eres inocente. Tampoco necesitas claridad porque no hay nada más claro, más transparente, que la inocencia. Por lo tan­to, la cuestión consiste en cómo proteger la propia inocencia. La inocencia no es algo que se pueda conseguir. No es algo que tenga que aprenderse. No es algo como un talento: la pintura, la música, la poesía, la escultura. No es como ese tipo de cosas. Es más pare­cido a respirar, algo con lo que naces.

La inocencia está en la naturaleza de todo el mundo. Todo el mundo nace inocente. ¿Cómo puede uno nacer sin ser inocente? Nacer significa que uno ha entrado en el mundo como una tabula rasa, sin nada escrito. Sólo tienes futuro, no tienes pasado. Este es el significado de la inocencia. Por eso trata primero de entender to­dos los significados de la inocencia.

El primero es: no hay pasado, sólo hay futuro. Llegas al mundo como un observador inocente. Todo el mundo llega de la misma manera, con la misma cualidad de conciencia.

La pregunta es: ¿cómo me las he arreglado para que nadie pu­diera corromper mi inocencia, mi claridad?; ¿de dónde saqué el coraje?; ¿cómo conseguí no ser humillado por los adultos y su mundo?

No he hecho nada, o sea que no se trata del cómo. Sencillamen­te sucedió, de modo que no puedo atribuírmelo.

Quizá esto es algo que le sucede a todo el mundo, pero comien­zas a interesarte por otras cosas. Empiezas a negociar con el mun­do de los adultos. Tienen muchas cosas que ofrecerte; tú sólo tie­nes una, y es tu integridad, tu dignidad. No tienes demasiado, sólo una cosa; puedes llamarlo como quieras: inocencia, inteligencia, autenticidad. Sólo tienes eso.

Y el niño está naturalmente muy interesado en todo lo que ve a su alrededor. Continuamente queriendo tener esto, tener aquello; es parte de la naturaleza humana. Si te fijas en un niño pequeño, incluso en un recién nacido, puedes ver que ha empezado a buscar a tientas; sus manos están tratando de encontrar algo. Ha iniciado el viaje.

En el viaje se perderá, porque en este mundo no puedes conse­guir nada sin pagar por ello. Y el pobre niño no puede entender que lo que está entregando es tan valioso que, aunque todo el mundo estuviese de un lado y su integridad del otro lado, su integridad se­guiría teniendo más peso, más valor. No tiene manera de saberlo. Este es el problema, porque el niño tiene sencillamente lo que tie­ne. Lo da por hecho.

Me estás preguntando cómo me las arreglé para no perder mi inocencia y mi claridad. No he hecho nada; simplemente, desde el principio... era un niño solitario porque fui criado por mis abuelos maternos; no estaba con mis padres. Estos dos ancianos estaban solos y querían un niño que fuera la alegría de sus últimos días. Por eso mis padres accedieron: yo era el hijo mayor, el primogéni­to, y me enviaron con aquellos.

Durante los primeros años de mi infancia no recuerdo haber guardado ninguna relación con la familia de mi padre. Sólo me re­lacionaba con esos dos hombres ‑mi abuelo y su criado, que era un hombre muy hermoso‑ y con mi anciana abuela..., con esas tres personas. Y la distancia era tan grande... que estaba completamen­te solo. No eran una compañía, no podían hacerme compañía. Se esforzaban todo lo que podían en ser amistosos conmigo, pero era sencillamente imposible.

Me dejaron solo. No les podía contar nada. No tenía a nadie más, porque en ese pueblecito mi familia era la más rica, y era un pue­blo tan pequeño ‑en total no había más de doscientas personas‑ y tan pobre que mis abuelos no dejaban que me mezclara con los ni­ños del pueblo. Estaban sucios y, por supuesto, eran casi pordiose­ros. De modo que no había manera de tener amigos. Esto me cau­só un gran impacto. En toda mi vida nunca he sido amigo nadie, y nadie ha sido amigo mío. Sí.... he tenido conocidos.

En esos primeros años estaba tan solo que comencé a disfrutar­lo; y realmente es una alegría. De modo que, para mí, aquel hecho no fue una maldición, sino que demostró ser una bendición. Empecé a disfrutarlo y a sentirme autosuficiente; no dependía de nadie.

Nunca me han interesado los juegos por la sencilla razón de que­ desde mi infancia no había manera de jugar, no tenía con quien jugar. Todavía me puedo ver en esos primeros años, simplemente sentado.

Nuestra casa se encontraba en un hermoso lugar que teníamos justo enfrente de un lago. A lo lejos, kilómetros y kilómetros de lago.... era tan hermoso y tan silencioso. La paz sólo se alteraba de vez en cuando, al ver una fila de grullas blancas volando o lanzan­do llamadas de amor; de lo contrario, era exactamente el lugar ideal para la meditación. Y cuando una llamada de amor de un pájaro al­teraba la paz..., después de su llamada la paz se ahondaba, se hacía más profunda.

El lago estaba lleno de flores de loto, y me solía sentar durante horas por allí muy a gusto, como si el mundo no tuviera impor­tancia: las flores de loto, las grullas blancas, el silencio...

Y mis abuelos eran muy conscientes de una cosa: que yo disfru­taba de mi soledad. Habían estado observando continuamente que no tenía ningún deseo de ir al pueblo a encontrarme con nadie, o de hablar con alguien. Incluso si querían hablar, mis respuestas eran sí o no; tampoco tenía interés en hablar. Por eso se dieron cuenta de una cosa, que disfrutaba de mi soledad y que era una obligación sagrada el no molestarme.

Sueles decir a los niños:

‑Estate en silencio porque tu padre está pensando, o tu abuelo está descansando. Estate quieto, siéntate en silencio.

En mi infancia sucedió lo contrario. En este momento no puedo contestar ni por qué y ni cómo; ocurría. Por eso digo que sencillamente ocurría, no me puedo atribuir el mérito de la si­tuación.

Estas tres personas mayores estaban continuamente haciéndose señas unos a otros:

‑No le molestes; lo está pasando muy bien. ‑Y empezaron a amar mi silencio.

El silencio tiene su vibración,  es contagioso particularmente el silencio de un niño cuando no es impuesto, cuando no se debe a que le estés diciendo: ‑Te pegaré si molestas o haces ruido. ‑No, eso no es silencio. Eso no creará la vibración de alegría de la que estoy hablando; cuando un niño está en silencio espontáneamente, disfrutando sin motivo, su alegría no tiene causa; eso crea grandes ondas que se extienden a su alrededor.

En un mundo mejor, cada familia aprenderá de los niños. Tienes mucha prisa en enseñarles. Nadie parece aprender de ellos y tienen mucho para enseñarte. Y tú no tienes nada que enseñarles.

Sólo porque eres mayor y más poderoso empiezas a hacerlos como tú sin ni siquiera ponerte a pensar qué eres tú, hasta dónde has llegado, cuál es el estatus de tu vida interior. Eres un pobre; ¿y deseas lo mismo para tu hijo?

Pero nadie piensa; de otro modo la gente aprendería de los ni­ños pequeños. Los niños traen mucho del otro mundo porque es­tán recién llegados. Todavía llevan consigo el silencio del útero, el silencio de la existencia.

Por eso, fue sólo una coincidencia el que durante siete años per­maneciera sin ser molestado, sin nadie que me regañara, que me preparara para el mundo de los negocios, la política, la diplomacia. Mis abuelos, especialmente mi abuela, tenían más interés en de­jarme tan natural como fuera posible. Mi abuela es una de las cau­sas ‑estas pequeñas cosas afectan a todos tus patrones de vida‑ de mi respeto por las mujeres.

Era una mujer muy sencilla, sin estudios, pero de inmensa sen­sibilidad. Ella se lo aclaró a mi abuelo y a su criado:

‑Todos nosotros hemos vivido un tipo de vida que no nos ha lle­vado a ningún sitio. Estamos más vacíos que nunca y ahora se acer­ca la muerte. Dejemos sin influir a este niño ‑insistió‑. ¿Qué in­fluencia podemos ejercer? Sólo podemos hacerle como nosotros, y nosotros no somos nada. Démosle una oportunidad de ser él mismo.

Siento un profundo agradecimiento a esta anciana. Mi abuelo no hacía más que preocuparse, porque antes o después sería el res­ponsable:

‑Nos van a decir: «Os dejamos a nuestro hijo y no te habéis en­señado nada.»

 

Mi abuela ni siquiera permitió que‑‑‑, porque había en el pueblo un hombre que podría haberme enseñado, al menos, los rudimen­tos del lenguaje, de las matemáticas, un poco de geografía. Él ha­bía estudiado hasta cuarto grado; los cuatro primeros cursos de lo que se llama educación primaria en la India. Pero era la persona más instruida del pueblo.

Mi abuelo insistió con tesón:

‑Puede venir a enseñarle. Por lo menos aprenderá el alfabeto y algo de matemáticas, para que cuando vaya a ver a sus padres no nos digan que hemos desperdiciado completamente estos siete años.

 

Pero mi abuela dijo:

‑Después de estos siete años, déjales que hagan lo que quieran.

durante siete años sólo tuvo que mostrar su ser natural y nosotros no interferimos.

Y su argumento era siempre:

‑Tú te sabes el alfabeto, ¿Y qué? Sabes matemáticas, ¿Y qué? Has ganado un Poquito de dinero; ¿también quieres que él gane un po­quito de dinero y viva como tú?

Eso bastaba para mantener callado al anciano. ¿Qué podía ha­cer? Estaba metido en un aprieto porque no podía discutir, y sabía que le harían responsable a él, no a ella, porque mi padre iba a pre­guntarle:

‑¿Qué has hecho?

Y efectivamente este habría sido el caso, pero afortunadamente murió antes de que mi padre pudiera preguntárselo.

Pero mi padre estaba repitiendo continuamente:

‑Ese viejo es el responsable, él ha malcriado a este niño.

Pero en ese momento yo ya era suficientemente fuerte y se lo dejé bien en claro:

‑Delante de mí, nunca digas ni una sola palabra en contra de mi abuelo materno. Él me salvó de que me malcriaras; eso es lo que te da rabia. Pero tienes más hijos; edúcalos a ellos. Y ya me dirás al fi­nal quién es el malcriado.

Él tenía otros hijos, y fueron naciendo cada vez más niños.

Le solía tomar, el pelo:

 

 

‑Por favor, ten un niño más, completa la docena. ¿Once niños?, la gente pregunta: «¿Cuántos niños? Once no suena bien; una do­cena causa mejor impresión.»

Y años más tarde le solía decir:

‑Tú sigue mimando a todos tus hijos; yo soy salvaje y seguiré siéndolo.

Lo que tú percibes como inocencia no es nada más que salvajis­mo. Lo que tú crees que es claridad no es más que salvajismo. De algún modo he escapado a las garras de la civilización.

Y una vez que fui suficientemente fuerte... Y por eso es que la gente insiste:

‑Hazte cargo del niño tan pronto como puedas, no malgastes el tiempo, porque cuanto antes empieces, más fácil es. Una vez que el niño se hace suficientemente fuerte, entonces será difícil doble­garlo de acuerdo con tus deseos.

Y la vida está dispuesta en círculos de siete años. Una vez que el niño tiene siete años ya es suficientemente fuerte; ya no puedes ha­cer nada. Ahora sabe dónde ir, qué hacer. Ya es capaz de discutir. Es capaz de ver lo que está bien y lo que está mal. Y esa claridad al­canzará su clímax cuando tenga siete años. Si tú no interfieres en sus primeros años, a los siete años lo tendrá todo tan claro que vi­virá toda su vida sin ningún arrepentimiento.

Yo he vivido sin ningún arrepentimiento. He intentado averi­guar: ¿he hecho alguna vez algo equivocado? No se trata de que la gente piense que todo lo que yo he hecho está bien, no es ése el asunto: nunca he pensado que nada de lo que he hecho estuviese mal. El mundo entero podría pensar que estaba mal, pero yo ten­go la absoluta certeza de que estaba bien; hice lo que correspondía.

 

Embarazo, nacimiento,

infancia

 

 

Si los iluminados no tienen hijos, y los neuróticos no son aptos para la paternidad, ¿cuál es el momento adecuado?

 

OS ILUMINADOS no tienen hijos; los neuróticos no deberían te­nerlos. Justamente entre los dos existe un estado de salud mental, de no neurosis: no eres ni neurótico ni iluminado, senci­llamente sano. Justo en el medio. Ese es el momento adecuado para la paternidad, para ser madre o ser padre.

Este es el problema: la gente neurótica tiende a tener muchos hijos. La persona neurótica tiende, en su neurosis, a crear a su alrededor un espacio muy ocupado. No deberían hacerlo porque eso es ocultar aquélla. Deberían encarar la realidad de su neurosis y trascenderla.

Un iluminado no necesita tener hijos. Él se ha dado el naci­miento supremo a sí mismo. No tiene necesidad de dar nacimiento a nadie más. Se ha convertido en padre y madre de sí mismo. Se ha convertido en un útero para sí mismo y ha renacido.

Pero entre los dos extremos, cuando no hay neurosis meditas, te vuelves un poco más alerta, más consciente. Tu vida no es sólo oscuridad. La luz no es tan penetrante como cuando uno se ha

convertido en un buda, pero hay una llama tenue. Ese es el mo­mento correcto para tener hijos, porque entonces serás capaz de dar algo de tu consciencia a tus hijos. Si no, ¿qué regalo les vas a hacer? Les darás tu neurosis.

 

He oído contar: un hombre que tenía dieciocho hijos se los llevó a una feria de ganado. En la exhibición había un toro campeón valorado en un millón y medio de pesetas y para entrar a verlo había que pagar un extra de diez pesetas. El hombre pensó que el precio era exorbitante, pero sus hijos querían ver el ani­mal, de modo que se aproximaron hasta las vallas del recinto. El encargado dijo:

Todos estos niños son suyos, señor?

‑Sí, lo son ‑respondió el hombre‑ ¿Por qué?

El encargado exclamó:

-Bueno, ¡espere aquí un minuto y sacaré al toro para que le pueda ver!

¡Dieciocho hijos! Hasta el toro se pondría celoso.

 

Tú sigues reproduciendo inconscientemente tus propias répli­cas. Piensa primero: ¿estás en un estado tal que si das nacimiento a un niño estarás haciéndole un regalo al mundo?; ¿eres una bendición para el mundo, o una carga? Y después piensa: ¿estás prepa­rado para hacer de madre o de padre de un niño?; ¿estás preparado para dar amor incondicionalmente? Porque los niños vienen a tra­vés de ti, pero no te pertenecen. Les puedes dar amor pero no de­berías imponerles tus ideas. No deberías darles tus estilos neuróti­cos. ¿Permitirás que florezcan espontáneamente? ¿Les darás la libertad suficiente para ser ellos mismos? Si estás listo, entonces está bien. De otro modo, espera; prepárate.

Con el hombre, la evolución consciente ha hecho aparición en el mundo. No seas como los animales, que se reproducen in­consciente m ente. Prepárate antes de querer tener un hijo. Haz­te más meditativo, vuélvete más aquietado y pacífico. Libérate de todas las neurosis que tienes en tu interior. Espera el momento en el que estés absolutamente limpio, entonces ten un hijo. En­tonces dale tu vida a tu hijo, dale tu amor. Estarás ayudando a crear un mundo mejor.

 

Estoy embarazada. He decidido abortar y creía que es­taba contenta con la decisión, pero desde entonces siempre que pienso en ello me siento triste

 

Esta será una tristeza momentánea. Si quieres ser madre es que quieres meterte en problemas más graves, porque una vez que ten­gas el niño no será un asunto que se pueda resolver fácilmente.

La madre no puede tener su propio crecimiento, no puede tra­bajar; tiene que cuidar a los niños. Y entonces aparecen las com­plicaciones.

Una vez que hayas terminado tu propio trabajo de crecimiento, entonces todo está perfectamente bien. Un niño debería ser un pa­satiempo, debería ser el lujo más elevado. Entonces te puedes per­mitir el lujo de ser madre, de lo contrario te creará problemas. 0 sea que tú decides. Nadie te está obligando, es una decisión tuya: sí quieres convertirte en madre, entonces quieres convertirte en ma­dre. Pero asume también las consecuencias.

La gente no es consciente de lo que está haciendo cuando quie­re traer un niño al mundo. Si no, sentirían pena por esto, en vez de sentir pena por un aborto. Simplemente piensa en ambas posi­bilidades: ¿qué le vas a dar al niño?; ¿qué es lo que tienes para dar­le al niño? Le transmitirás todas tus tensiones a su ser y él repeti­rá el mismo tipo de vida que tú. Irá al psicoanalista, irá al psiquiatra y toda su vida será un problema, como le ocurre a todo el mundo. ¿Qué derecho tienes de traer un espíritu a este mundo cuando no puedes dar a la persona un ser saludable y completo? ¡Es un crimen! Las personas piensan justo lo contrario: piensan que el aborto es un crimen. Pero el niño encontrará otra madre, porque nada muere. Y hay muchas, muchas mujeres que estarán felices de tener un hijo; sólo que tú no serás la responsable.

No te estoy diciendo que no seas madre; te estoy diciendo que seas consciente de que ser madre es un gran arte, es un gran logro. Primero crea en ti esa cualidad, esa creatividad, esa alegría, esa ce­lebración, y entonces invita al niño. Entonces tendrás algo que darle al niño ‑tu celebración, tu canción, tu danza y no crearás un ser patológico. El mundo está demasiado lleno de seres patológicos. ¡Deja que sufra algún otro planeta! ¿Por qué esta Tierra? El mundo está famélico, la gente se está muriendo de hambre y no hay comida, toda la ecología está alterada y la vida está haciéndose más fea e infernal; este no es el momento correcto.

Y aunque pienses que está bien, que el mundo sabe ocuparse de sí mismo, que se las arreglarán, sigues teniendo que pensar en tu hijo. ¿Estás preparada para ser madre? Ese es el asunto. Si piensas que estás preparada, adelante: ten un hijo. Cuando estés prepara­da, estarás feliz de tener un hijo, y el niño estará feliz de lo afortu­nado que ha sido al tener una madre como tú. Si no es así, vete a cualquier psiquiatra y pregúntale: «¿Cuáles son los problemas de la gente?» Pueden resumirse en una sola cosa: la madre; porque fue incapaz de crear un útero psicológico, de crear un útero espiritual. Psicológicamente era una neurótica, espiritualmente estaba vacía, por eso no había alimento espiritual para el niño, ni nutrición. El niño llega al mundo como un ser físico, sin alma, sin un centro. La madre no estaba centrada; ¿cómo puede el niño estar centrado? El niño es sólo la continuación, una continuidad M ser de la madre.

Si uno ve todas las implicaciones de esto, habrá menos gentes que decidan convertirse en padres. Si menos gentes decidieran ser padres, habría un mundo mejor. Estaría menos poblado, menos neurótico, menos patológico, menos loco.

 

Todavía no tenemos ningún hijo y me apetece, en par­te, tener uno. Ahora tengo treinta y dos años y me sien­to preparada, pero me gustaría escuchar tu consejo

 

Sólo una cosa. Cuando hagas el amor, hazlo siempre después de meditar. Ten como criterio el meditar, y sólo cuando la energía sea muy meditativa, sólo entonces, haz el amor. Cuando estás en un estado profundo de meditación y la energía está fluyendo, concibes un espíritu de una cualidad más elevada. El tipo de espíritu que en­tra en ti depende de dónde estés.

Esto sucede casi siempre: las personas hacen el amor cuando se sienten sexuales. La sexualidad es un centro inferior. Sucede a ve­ces que, cuando la gente está enfadada y peleando, hace el amor. Eso también es muy bajo. Le abres tu puerta a un espíritu mucho menos elevado. 0 la gente hace el amor como una rutina, como un hábito mecánico, algo que tiene que hacerse todos los días, o dos veces a la semana, o lo que sea. Lo hacen de un modo rutina­rio o como parte de una higiene física, pero entonces es muy me­cánico. No pones en ello nada de tu corazón y, entonces, permites que entren espíritus muy inferiores. El amor debería ser como una oración. El amor es sagrado. Es lo más sagrado que existe en el hombre.

Por eso lo primero es prepararse uno mismo para adentrarse en el amor. Reza, medita, y cuando estés lleno de una energía dife­rente, que no tiene nada que ver con lo físico, de hecho nada que ver con lo sexual, entonces te haces vulnerable a un espíritu supe­rior. Y por eso depende mucho de la madre.

Si no eres muy consciente de esto, te enredarás con un espíritu vulgar. La gente casi no es consciente de lo que está haciendo. In­cluso cuando vas a comprar un coche te lo piensas mucho. Cuan­do vas a comprar los muebles de tu habitación, tienes mil y una al­ternativas, le das muchas vueltas, cuál de ellos encajará. Pero cuando se trata de los hijos, nunca piensas qué tipo de hijo te gus­taría, qué tipo de espíritu vas a invocar, a invitar.

Y hay millones de alternativas... desde Judas a Jesús, desde el espíritu más oscuro al más sagrado. Las alternativas son millones y tu actitud decidirá. Según cuál sea tu actitud, te harás disponible para ese tipo de espíritu.

 

Creo que estoy embarazada. ¿Existe alguna medita­ción o se puede hacer algo que sea beneficioso para el bebé o para nosotros?

 

Simplemente, sé tan feliz y tan amorosa como puedas. Evita las negatividades; eso es lo que destruye la mente de] niño. Cuando el niño está formándose no sólo sigue tu cuerpo, también sigue tu mente, porque ésas son las improntas. Por eso, si eres negativo, la negatividad comienza a formar parte de la composición del niño desde el principio. Luego, el camino para librarse de ello es largo y duro. Si las madres fueran un poquito más cuidadosas no sería ne­cesaria la terapia del grito esencia *. Si las madres fueran un poqui­to más cuidadosas, desaparecería el psicoanálisis como profesión.

El psicoanálisis es un gran negocio a causa de las madres. La madre tiene realmente una gran importancia, porque durante nue­ve meses el niño vivirá en el clima de la madre; embeberá su men­te, toda su mente.

Por eso, no seas negativa. Ten cada vez más una actitud afirma­tiva, aunque a veces esto parezca difícil. Pero, por el niño, hay que hacer al menos este sacrificio. Si realmente quieres tener un hijo que valga algo, con integridad, con individualidad y feliz, entonces tienes que hacer ese sacrificio. Eso es parte de ser madre: ese sa­crificio. Por eso, no seas negativa; evita todas las negatividades. Evita la rabia, evita los celos, evita la posesión, quejarte, luchar, evita todos esos espacios. No te los puedes permitir, ¡estás creando un nuevo ser! Este trabajo tiene tanta importancia que no puedes ser ni tonta ni estúpida.

Disfruta cada vez más, reza, baila, canta, escucha buena músi­ca: no la música pop. Escucha música clásica, que es tranquilizan­te y que va al inconsciente profundamente, porque el niño sólo la puede oír desde allí.

Siéntate en silencio todo lo que puedas, disfruta de la naturale­za. Estate junto a los árboles, los pájaros, los animales, porque son realmente inocentes. Todavía son parte del jardín del Edén, de aquí sólo han sido expulsados Adán y Eva. Incluso el árbol del conoci­miento está todavía en el jardín del Edén; sólo Adán ha sido expul­sado. Por eso ve más a la naturaleza y relájate, para que el niño crezca en un útero relajado, no tenso; de lo contrario, el niño co­menzará a ser neurótico desde el principio.

 

(Al padre:) Y ayúdala durante estos días de modo que pueda ser más positiva. No le provoques hacia la negatividad. Dale cada vez más tiempo para que pueda sentarse en silencio, estar con los ár­boles, escuchar los pájaros, escuchar música. Evita cualquier si­tuación que tú creas que puede convertirse en una provocación para que ella se ponga negativa. Sé más amoroso, disfruta del si­lencio del otro, porque los dos vais a dar nacimiento a algo que es divino. Todos los niños son divinos. y cuando algo grande va a su­ceder, cuando un gran huésped va a venir a tu casa, tú no luchas. Y éste podría ser el huésped más importante que jamás venga a ver­te; por eso, durante estos nueve meses sed cuidadosos, precavidos, vigilantes.

Sed más amorosos y menos sexuales. Si el sexo surge a partir de ser amorosos, de acuerdo, pero no sexo por sí mismo. Desde el principio, esto le da al niño una sexualidad profundamente enrai­zada. El sexo está bien en un contexto amoroso, como parte del amor, del mismo modo que uno se coge de las manos y se abraza, como parte del amor. Un día haces el amor pero como parte del amor. Entonces no es sexualidad; es sólo comunión.

Si durante estos nueve meses puedes evitar el sexo por el sexo, esto será un gran regalo para el niño. Entonces su vida no estará obsesionada con el sexo como lo están las vidas de las personas.

 

¿Hay algo que pueda hacer la madre para que el pro­ceso del nacimiento sea más fácil para el niño?

 

Sin duda la madre puede hacer mucho, pero sólo lo puede ha­cer no haciendo. Por eso, simplemente relájate. Sólo hay que acor­darse de no interferir, y cuando empieces a sentir dolor, sencilla­mente acompáñalo. Cuando empiezas a sentir los movimientos en el vientre, el cuerpo empieza a prepararse para el nacimiento y hay una pulsación rítmica en tu interior.. La gente piensa que esa pul­sación es dolorosa; no es dolorosa; es nuestra interpretación equi­vocada lo que la hace dolorosa.

Por eso, cuando aparezcan las contracciones, simplemente acéptalas, flota con ellas. Es como inspirar y espirar, de igual modo el vientre y el canal de nacimiento empiezan a expandirse y a en­cogerse. Esto es sólo una manera de crear un conducto para el niño. Cuando sientes ese dolor, cuando decides que es dolor, em­piezas a luchar en su contra porque es muy difícil no luchar con­tra el dolor. Cuando empiezas a luchar, empiezas a interferir con el ritmo. Esta interferencia es muy destructiva para el niño. Si la ma­dre simplemente ayuda al niño, si todo lo que le pasa a la madre acompaña al cuerpo ‑se expande con el cuerpo, se encoge con el cuerpo, permite las contracciones y las disfruta‑, es realmente un gran placer. Pero depende de cómo te lo tomes.

Por ejemplo, ahora, al menos en Occidente, la gente tiene ideas más avanzadas sobre el sexo. De otro modo, en el pasado, a través de los siglos, la primera experiencia sexual era muy dolorosa para la mujer. Ella estaba temblando porque desde su infancia le ense­ñaron que era repugnante, muy animal, por eso estaba temblando de miedo. Cuando la luna de miel se acercaba, la mujer se echaba a temblar. Ella tenía que ir a través de la prueba, era una prueba, y por supuesto dolorosa. Pero ahora, al menos en Occidente, el do­lor ha desaparecido. Es una hermosa experiencia, es orgásmica.

Lo mismo pasa con el nacimiento. Es un orgasmo más grande que el sexual, porque en el orgasmo sexual tu cuerpo sigue un rit­mo: se expande, se encoge, se expande, se encoge, pero no tiene ni punto de comparación como cuando vas a dar a luz. Dar a luz a un niño es un orgasmo un millón de veces más grande. Si te lo tomas como un orgasmo ‑feliz, dichosa, disfrutándolo, eso es todo‑, en­tonces el niño sale del pasaje ayudado por ti. De lo contrario, si la madre está luchando ‑el niño quiere salir y la madre está luchan­do‑ y no está permitiendo el movimiento que es necesario, el mo­vimiento preciso... Algunas veces el niño se atasca, su cabeza se atasca. Si esto sucede, el niño lo padecerá toda su vida. No será tan inteligente como podría haberlo sido, porque su cabeza es muy de­licada y el cerebro todavía se está desarrollando. Un pequeño shock, una pequeña obstrucción bastan para que su cerebro ya no sea tan saludable como podría haberlo sido.

 

Por lo tanto, colabora, disfrútalo. Tómatelo como si estuvieras experimentando un gran orgasmo, eso es todo. La mayor ayuda que le puedes prestar al niño es no interferir. Entonces el niño saldrá fá­cilmente, relajado, en un dejarse ir. No necesitará terapia del grito esencial; de lo contrario, todo el mundo necesitaría esta terapia por­que todo el mundo sufre el trauma del nacimiento. Y ha sido muy doloroso para el niño. Sólo es su primera experiencia, y es tan de­sagradable, tan sofocante que casi mata al niño: el conducto es es­trecho, la madre está tensa y el niño no puede salir del conducto.

Esta es su primera experiencia. Por lo tanto, su primera expe­riencia es infernal y luego toda su vida es desdichada. Deja que esa primera experiencia sea un hermoso fluir y constituya una base para el niño.

 

¿Cómo se puede conseguir que el nacimiento de un niño sea lo más agradable posible?

 

Cuando el niño sale del vientre, es la mayor conmoción de su vida. Ni siquiera la muerte será una conmoción tan grande, porque la muerte llega sin avisar. La muerte le llegará muy probablemen­te cuando esté inconsciente. Pero mientras está saliendo del vien­tre de la madre está consciente. Su largo y hermoso sueño de nue­ve meses se ve interrumpido y entonces le cortas el cordón que le une a la madre.

En el momento en que cortas el cordón que le une a la madre has creado un individuo lleno de miedo.

Esto no es lo adecuado; pero así es como se ha hecho hasta ahora.

Hay que separar al niño de su madre más despacio, más gra­dualmente. No se debería producir esa conmoción, y eso se puede arreglar. Es posible hallar una solución científica.

En la habitación no debería de haber luces deslumbrantes, por­que el niño ha vivido durante nueve meses en una oscuridad abso­luta y sus ojos que nunca han visto la luz, son muy delicados. Y en todos los hospitales hay luces deslumbrantes, tubos fluorescentes, y el niño es expuesto a la luz súbitamente... Casi todo el mundo tiene los ojos delicados por culpa de esto; más adelante tendrán que usar gafas. Ningún animal las necesita. ¿Has visto a algún ani­mal con gafas leyendo el periódico? Sus ojos están perfectamente sanos durante toda su vida, hasta el momento de su muerte. Es sólo el hombre... Y esto ocurre desde el principio. No, el niño debe nacer en la oscuridad o con una luz muy suave, quizá de velas. La oscuridad sería lo mejor, pero si se necesita un poco de luz, las ve­las servirán. ¿Y qué han estado haciendo los médicos hasta ahora? No le dan tiempo al niño para que se adapte a la nueva realidad. La manera en que reciben al niño es desagradable. Levantan al niño por los pies y le dan una palmada en las nalgas. Detrás de este es­túpido ritual se esconde la idea de que esto ayudará a respirar al niño porque en el vientre de la madre no estaba respirando por sí mismo; la madre respiraba por él, comía por él, hacía todo por él.

No es un buen comienzo que para darte la bienvenida te cuel­guen boca abajo y te den una palmada en las nalgas.

Pero el médico tiene prisa. Si no fuera así, el niño empezaría a respirar por su cuenta; habría que dejarlo sobre el vientre de la ma­dre, encima del vientre. Antes de cortar el cordón umbilical se le de­bería dejar encima del vientre. Estaba dentro del seno materno, en el interior; ahora está afuera. No es un cambio demasiado grande. La madre está ahí, la puede tocar, la puede sentir. Conoce su vibra­ción. Es perfectamente consciente de que ésta es su casa. Ha salido fuera pero ésta es su casa. Dejadle estar un poco más con su madre para que se familiarice con ella por fuera; ya la conoce por adentro.

Y no cortes el cordón que le une hasta que empiece a respirar él solo.

¿Qué se hace actualmente? Cortamos el cordón y le damos una palmada para que así tenga que respirar. Pero esto es obligarle, esto es violento, no es científico en absoluto y es antinatural.

Déjale que respire por su cuenta. Sólo le llevará unos minutos. No tengas tanta prisa. Se trata de la vida entera de un hombre. Pue­des fumarte tu cigarrillo dos o tres minutos más tarde, le puedes su­surrar dulces tonterías a tu novia unos minutos más tarde. No le va a hacer daño a nadie. ¿Cuál es la prisa? ¿No puedes concederle tres minutos? Un niño no necesita más que eso. Si se le deja solo, en tres minutos empieza a respirar. Cuando comienza a respirar, adquiere la confianza de que puede vivir por su cuenta. Ya puedes cortar el cor­dón, no sirve de nada; no le producirá ninguna conmoción al niño.

Después, lo más importante es que no le tapes con mantas en la cama. No, durante nueve meses estuvo sin mantas, desnudo, sin almohadas, sin sábanas, sin cama. No hagas un cambio tan rápido. Lo que necesita es una pequeña bañera con la misma solución de agua que la que había en el vientre de su madre, exactamente agua de mar: la misma cantidad de sal, la misma proporción de com­puestos químicos. exactamente la misma.

Esto vuelve a ser una prueba de que la vida debió aparecer pri­mero en el océano. Todavía sucede en el agua oceánica. Por eso cuando una mujer está embarazada comienza a comer cosas sala­das, porque el vientre va absorbiendo sal; el niño necesita exacta­mente la misma agua salada que existe en el océano. Si preparas la misma agua en una bañera pequeña, y colocas dentro al niño, se sentirá perfectamente recibido. Esta es la situación con la que está familiarizado.

En Japón, un monje zen ha llevado a cabo un experimento es­tupendo: ayudar a un niño de tres meses a nadar. Poco a poco ha ido rebajando la edad. Primero lo intentó con un niño de nueve meses, después con un niño de seis meses, ahora con un niño de tres meses. Y yo digo que todavía está lejos. Hasta los recién naci­dos son capaces de nadar, porque han estado nadando en el vientre de su madre.

Por eso, dale al niño una oportunidad que sea similar a la del vientre de su madre.

 

Alimentando y queriendo al niño

 

Cuando una madre está alimentando a su hijo, no está dándole solamente leche, como siempre se había pensado. Ahora los biólogos se han encontrado con un hecho más profundo, dicen que ella lo está alimentando de energía; la leche es sólo la parte física. Y han llevado a cabo muchos experimentos: se cría un niño, se le da de comer lo mejor posible, todo lo que la ciencia médica haya descu­bierto. Se le da de todo, pero no se le ama, no se le acaricia; la ma­dre no le toca. La leche se le suministra a través de aparatos mecá­nicos, se le ponen inyecciones, se le dan vitaminas, todo es perfecto. Pero el niño deja de crecer, comienza a encogerse y la vida empieza a alejarse de él. ¿Qué está sucediendo? Porque se le está dando todo lo que la madre le estaba dando.

En Alemania, durante la guerra, muchos niños pequeños huér­fanos fueron colocados en hospitales. A las pocas semanas casi to­dos se estaban muriendo. La mitad murió aunque se les había pro­porcionado todo tipo de cuidados; a nivel científico los médicos estaban actuando de la forma correcta, se había hecho todo lo que era necesario. Pero ¿por qué estaban muriéndose los niños? Enton­ces un psicoanalista se dio cuenta de que necesitaban algo de calor humano, alguien que los abrazara, alguien que les hiciera sentirse importantes. La comida no es un alimento suficiente. Se necesita algo de alimento interno, algo de comida invisible. De modo que el psicoanalista dispuso que cualquiera que entrase en la habitación ‑enfermera, médico o auxiliar‑ tenía que pasar por lo menos cinco minutos en la habitación abrazando a los niños y jugando con ellos. Y de repente dejaron de morirse, comenzaron a crecer. Desde en­tonces se han llevado a cabo muchos experimentos.

Cuando una madre abraza a su hijo, la energía está fluyendo. Esa energía es invisible, la llamamos amor, calor. Algo se transmi­te de la madre al hijo y no sólo de la madre al hijo, del hijo a la ma­dre también. Por eso una mujer nunca está tan hermosa como cuando se convierte en madre. Antes, falta algo, no está completa, el círculo está roto. Siempre que una mujer se convierte en madre, el círculo se completa. Le llena una gracia de origen desconocido. Por eso no sólo está alimentando al niño, el niño también está ali­mentando a la madre. Están felizmente el uno «dentro» del otro.

Y ninguna otra relación es tan cercana. Ni los amantes están tan cerca, porque el niño viene de la madre, de su misma sangre, su carne y sus huesos; el niño es Sólo una extensión de su ser. Nun­ca más volverá a suceder esto, porque nadie puede ser tan cercano. Un amante puede estar cerca de tu corazón, pero el niño ha vivido dentro de tu corazón. Durante nueve meses ha sido parte de la ma­dre, unidos orgánicamente, siendo uno. La vida de la madre era su vida, la muerte de la madre hubiera sido su muerte. Esto continúa incluso más adelante: existe una transmisión  de energía, una comunicación de energía.

 

El niño asocia desde el principio las ideas de comida y amor. Se convierten en dos caras de la misma moneda. Su objeto de amor y su objeto alimenticio es el mismo. No sólo la madre, sino el pecho en particular: el niño consigue del pecho el alimento, el calor y la sensación de amor.

Hay una diferencia: cuando la madre ama al niño, el pecho tiene una sensación y una vibración diferentes. La madre disfruta dando de mamar al niño; está estimulando la sexualidad de la ma­dre. Si la madre quiere de verdad al niño, entonces siente una alegría casi orgásmica. Sus pechos son muy sensitivos; son las zonas más eróticas de su cuerpo. Ella empieza a brillar y el niño puede sentirlo. El niño percibe el hecho de que la madre está disfrutan­do. Ella no está sólo alimentándole, lo está disfrutando.

Pero cuando la madre le da el pecho sólo por necesidad, enton­ces el pecho está frío; no tiene calor. La madre no está a gusto, tie­ne prisa. Quiere quitarle el pecho cuanto antes. Y el niño lo siente. Es muy evidente que la madre está fría, que no es amorosa, no es cálida. No es una madre de verdad. El niño parece no deseado, se siente no deseado.

El niño sólo se siente querido cuando la madre disfruta ali­mentándole de su pecho, cuando esto se convierte casi en una re­lación amorosa, en una relación orgásmica. Sólo entonces el niño siente el amor de la madre, se siente necesitado por la madre. Y que la madre le necesite es como decir que la existencia le necesita por­que su madre es toda su existencia: él conoce la existencia a través de su madre. Todas sus ideas acerca de su madre serán sus ideas acerca del mundo.

Un niño que no ha sido amado por su madre se encontrará alie­nado en la existencia; se sentirá marginado, como un extraño. No será capaz de confiar en la existencia. Ni siquiera pudo confiar en su propia madre, ¿cómo va a confiar en nadie más? La confianza se hace imposible. Duda, sospecha; está continuamente en guardia, con miedo, asustado. Encuentra enemigos por todos lados, compe­tidores. Constantemente tiene miedo de ser aplastado y destruido. No le parece que el mundo sea su casa en absoluto.

Si la madre está feliz y disfruta alimentando al niño, entonces el niño nunca come demasiado porque confía; sabe que la madre está ahí. Siempre que tenga hambre sus necesidades serán satisfe­chas. Nunca come demasiado.

Un niño bien amado permanece sano. No es ni gordo ni delga­do; mantiene un equilibrio.

 

F

íjate en un niño pequeño. Siempre que esté tenso se meterá la mano en la boca y empezará a chupársela. ¿Y por qué se siente bien cuando tiene el pulgar en la boca? ¿Por qué se siente bien y se echa a dormir? Así es como lo hacen casi todos los niños. En cuanto sienten que no se duermen, se meten el pulgar en la boca, se sien­ten a gusto y se duermen.

¿Por qué? El dedo gordo se convierte en un sustituto de los pe­chos de la madre y el alimento te relaja. No puedes dormirte con el estómago vacío, es difícil conciliar el sueño. Cuando el estómago está lleno, te sientes adormecido, el cuerpo necesita descanso. El dedo gordo es sólo un sustituto del pecho; no está dando leche, es algo falso, pero aún te produce la misma sensación.

Cuando este niño crece, pensarás que es tonto si se sigue chu­pando el dedo en público, por eso enciende un cigarrillo. Un ciga­rrillo no es una tontería, está bien visto. Es como el pulgar pero más dañino. Es mejor si te fumas el pulgar, sigue fumándotelo has­ta la tumba; no es perjudicial, es mejor.

 

Y en los países donde han dejado de dar el pecho a los niños, au­tomáticamente la gente fuma más. Por eso en Occidente se fuma más que en Oriente; ninguna madre está dispuesta a darle de mamar a su hijo porque se le deforma el pecho. Por eso en Occi­dente está aumentando el número de fumadores más que nunca; hasta los niños pequeños están fumando. Los niños pequeños fu­man y las madres no son conscientes de que esto se debe a que les han quitado el pecho.

En todas las comunidades primitivas, los niños de siete, ocho o incluso nueve años seguirán mamando. Entonces algo queda satisfecho y no tendrán tanta necesidad de fumar. Por eso los hombres, en las comunidades primitivas, no están tan interesados en los pe­chos de las mujeres; no existe el problema de que alguien las ata­que. Nadie les mira los pechos.

Si te han estado amamantando durante diez años seguidos, estarás harto y aburrido, dirás:

‑¡Basta ya!

Pero a todos los niños se les ha retirado el pecho prematura­mente y eso constituye una herida. Por eso todos los países civili­zados están obsesionados con los pechos. A los niños habrá que darles el pecho; si no, se volverán adictos y se pasarán la vida ente­ra buscándolos.

 

Los científicos han experimentado con niños para ver qué ha­rán si se les deja la comida a su alcance. Pensarás que comerán de­masiado. Te equivocas, no comen demasiado. Su padre y su madre los sobrealimentan diciéndoles:

‑Come más. Come, ponte un poco más robusto. Muestra un Poco de lustre, ¿te has visto? Come un poco más.

Tiene a su madre sentada encima de su pecho diciéndole come

más, sólo un poco más. El niño está llorando y, como puede, se las arregla para comer. A menudo ves niños llorando. Su cuerpo está diciendo no. Su cuerpo está diciendo sal fuera, pega unos cuantos sal­tos, súbete a un árbol. Y tú sigues alimentándolo. El médico dice que el niño necesita tomar leche cada tres horas. El niño no quiere beber y gira la cabeza de un lado a otro. Pero la madre sigue alimentándo­lo porque han pasado las tres horas. Esto de seguir un tiempo regu­lar no funciona. Cuando el niño tiene hambre llorará, él mismo te lo hace saber. No hace falta mirar el reloj. El niño tiene su propio reloj interno. Pero tú sigues alterando su reloj. Cada niño sentirá hambre de una manera distinta. Uno tendrá hambre cada cuatro horas, otro cada tres, otro cada dos. Esto es un gran problema, porque se ha es­tablecido una norma: la norma de la mayoría.

Cuidado con las normas de la mayoría. El cuerpo tiene su pro­pio reloj interno.

 

Escucha al cuerpo. Hazle caso. No intentes dominarlo de nin­guna manera. El cuerpo son tus cimientos. Una vez que has empe­zado a entenderlo, el 99 por 100 de tus desdichas desaparecerán. Pero tú no escuchas.

Desde la más temprana infancia nuestra atención ha sido apar­tada del cuerpo, hemos sido alejados de él. El niño está llorando, tiene hambre y la madre está mirando el reloj. No está mirando al niño. Si al niño no le das de comer en este momento, le estás dis­trayendo de su cuerpo. En vez de darle de comer le das un chupe­te. Le estás haciendo trampas y le estás engañando. Le estás dando algo falso, de plástico, y estás tratando de distraer y destruir la sen­sibilidad de su cuerpo. No se permite a la sabiduría de su cuerpo que dé su opinión, la mente irrumpe.

El niño se calma con el chupete, se duerme. En este momento el reloj te dice que han pasado tres horas y que tienes que darle la leche al niño. Ahora está profundamente dormido, su cuerpo está durmiendo; le despiertas. Otra vez estás destruyendo su ritmo. Poco a poco alteras todo su ser. Y llega un momento en el que pier­de toda conexión con su cuerpo. No sabe qué quiere su cuerpo. No sabe si su cuerpo quiere comer o no comer; no sabe si su cuerpo quiere hacer el amor o no. Todo está manipulado por algo del ex­terior.

 

Dejando llorar al niño

 

Desde el principio el niño quiere llorar y reír. Llorar es para él una profunda necesidad. Todos los días tiene una catarsis a través del llanto.

El niño tiene muchas frustraciones. Es inevitable; es por necesi­dad. El niño quiere algo, pero no puede decir qué, no puede expre­sarlo. El niño quiere algo, pero quizá los padres no estén en situa­ción de poder dárselo. Puede que la madre no esté disponible. Quizá ella esté ocupada haciendo otra cosa y él esté desatendido. En ese momento no se le presta atención, por eso se echa a llorar. La madre quiere convencerle, consolarle, porque le molesta, el padre está mo­lesto, toda la familia está alterada. Nadie quiere que llore, el llanto es una molestia; todo el mundo trata de distraerle para que se calle. Po­demos sobornarle. La madre le dará un muñeco, le dará leche ‑cual­quier cosa para distraerle o para consolarle‑, pero no debe llorar.

Llorar es una necesidad profunda. Si puede llorar y se le permi­te, el niño quedará como nuevo; la frustración es expulsada a tra­vés de las lágrimas. De lo contrario, si contiene el llanto, conten­drá la frustración. Entonces se ira acumulando, y tú eres «un montón» de lágrimas. Ahora, los psicólogos dicen que necesitas el grito esencial. En Occidente se está desarrollando una terapia sólo para ayudarte a gritar, con tal totalidad que todas las células de tu cuerpo se impliquen. Si logras gritar tan enloquecidamente que todo tu cuerpo esté gritando, te liberarás de mucho dolor, de mu­cho sufrimiento que está acumulado.

 

Aprendiendo a hacer sus necesidades

 

Cuando se les enseña a los niños a hacer sus necesidades se les produce un gran trauma. A los niños se les obliga a hacer sus necesidades a una hora determinada. Ahora bien, los niños no pueden controlar el movimiento de sus intestinos; les lleva un tiempo, les lleva años el poder controlarlo. Entonces, ¿qué hacen? Se fuerzan, cierran su mecanismo anal y debido a esto adquieren una fijación anal.

A esto se debe el que haya tantos casos de estreñimiento en el mundo. Sólo el hombre sufre de estreñimiento. Los animales no sufren de estreñimiento; en estado salvaje ningún animal está es­treñido. El estreñimiento es más psicológico; es un daño produci­do en el muladhara *. Y por culpa del estreñimiento muchas otras cosas aparecen en la mente humana.

El hombre se convierte en un acaparador ‑acapara conoci­miento, acapara dinero, acapara virtud‑, se vuelve un acaparador y un tacaño. ¡No puede deshacerse de nada! Se apodera de todo lo que agarra. Y con este énfasis anal se produce un gran daño en el muladar, porque el hombre o la mujer tienen que llegar a la fase genital. Si se quedan fijados en la fase oral o en la anal, nunca lle­gan a la fase genital.

La fijación anal se vuelve tan importante que la genital pierde im­portancia. Por eso hay tanta homosexualidad. La homosexualidad no desaparecerá del mundo hasta que, o a menos que, desaparezca la orientación anal. El aprender a hacer sus necesidades es una lección muy importante y peligrosa.

 

Cuando el niño se pone enfermo

 

Desde el principio, desde la primera infancia, hay una cosa que casi siempre está mal, y es que al niño se le presta más aten­ción cuando se pone enf

 

Consultelo en: http://www.google.com.co/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=1&ved=0CCwQFjAA&url=http%3A%2F%2Fboraxs.org%2Fuploads%2Fosho%2FOsho-ElLibroDelNio.doc&ei=l4P-UP-AG4zc8ASUo4H4DA&usg=AFQjCNFCZRI0V6ikVW_8uF1dZTjDoHNHVg&bvm=bv.41248874,d.eWU

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DEL DESEO DE DIOS

23 Julio 2009 , Escrito por Fundacion Samsara Etiquetado en #LITERATURA

DEL DESEO DE DIOS Osho: Los amigos han formulado muchas preguntas... Uno ha preguntado que porqué seleccioné el sexo y la lujuria como tema de mi charla. Permitidme explicároslo. Se celebró una reunión pública en una plaza de Bombay y un pundit estaba hablando sobre Kabir y de su filosofía. Recitó algunos de sus versos y luego habló sobre su significado. «Kabira khada bazarmen liye lukathi hath; jo ghar barai aapna chale hamare saath». «Kabir se halla de pie en medio de un gentío. Agita su bastón y grita, llamando a la gente, a todos y a cada uno: «Sólo deberían seguirme aquellos que tengan el valor suficiente como para quemar sus hogares»». Observé que la gente se sentía complacida con esa invitación y supuse que la gente que se siente cómoda oyendo un mensaje tan drástico y profundo de Kabir debería también tener el valor suficiente como para incendiar sus hogares y partir en la búsqueda de la verdad. Pensé que podría hablar con esa gente de manera franca, desde lo profundo de mi corazón. Sin embargo, ninguno de ellos estaba dis-puesto a abandonar su hogar o a quemarlo. La cuestión es que si Kabir hubiese estado aquí, no le habría gustado en absoluto la si-tuación. Todos los que aquí estamos nos deleitamos escuchando lo que Kabir dijo, pero ninguno de los que allí estaban presentes, hace trescientos años, disfrutó cuando Kabir lo dijo. Yo también me hallaba bajo el influjo de la misma ilusión que hechizó a Kabir o a Cristo. Después de todo, el hombre es un animal prodigioso. Disfruta escu-chando lo que dijeron aquellos que están muertos y amenaza con matar a aquellos que están vivos. Se me pidió que dijese algo acerca de la Verdad. Y para poder hablar de la Verdad es necesario desenmascarar aquellas falsedades que el hombre ha aceptado como verdades. Muchos de los principios que tomamos como verdades, en realidad no lo son. A menos que expongamos esas falsedades, no podremos dar el primer paso hacia la verdad. Se me había pedido que hablara del amor. Sentí que, mientras nos hallemos aferrados a algunas suposiciones incorrectas acerca del sexo y la lujuria, no podremos comprender o apreciar al amor. Mientras estas equivocadas creencias estén enraizadas en lo pro-fundo, cualquier cosa que digamos sobre el amor será incompleta, se desperdiciará, no será la verdad. Por esto, para centrarme en eso, hablé de la lujuria y del sexo en esta reunión. Dije que la energía misma del sexo puede ser transformada en amor. Si un hombre compra estiércol -que en sí es sucio y hediondo- y lo amontona cerca de su casa, en la calle, hará que a la gente le sea difícil pasar por allí. Pero si esparce el estiércol en su jardín, entonces lo que haya plantado crecerá. Las semillas se convertirán en plantas que florecerán y su fragancia será una invitación para todos. La gente que pase se sentirá encantada. Sin embargo, rara vez debes haber pensado que la fragancia de la flor no es otra cosa que el mismo ofensivo olor del abono. Al elevarse, desde la semilla a la planta, el hedor del abono se transforma en el perfume de la flor. El mal olor puede transformarse en un olor placentero. Del mismo modo, el sexo puede transformarse en amor, pero, ¿cómo puede llenarse de amor aquél que odia al sexo? ¿Cómo puedes transformar el sexo si eres su enemigo? Es por esto que insistí en que era esencial comprender el sexo, el entender la lascivia. Así que el otro día dije que era necesario transformar al sexo. Pensé que aquellos que reflexionaban sobre la posibilidad de quemar sus propias casas se sentirían complacidos al oír unas charlas llanas y directas. Desgraciadamente, en esto me equivoqué. Ese día, cuando finalicé mi charla, me sorprendí al ver que todos los líderes que estaban en el estrado, los amigos que habían orga-nizado la reunión se habían desvanecido en el aire. No vi a ninguno de ellos cuando me dirigía a la salida por el pasadizo. Pensé que pro-bablemente habían ido corriendo a sus casas para que éstas no se incendiaran, pero aún más probablemente, se apresuraron a llegar a sus hogares para encender ellos el fuego. Ni el organizador principal se hallaba presente para darme las gracias. Todos los líderes se habían esfumado. Ya habían desaparecido mucho antes de terminar la charla. Los líderes son una especie muy débil... y también muy rápida. Huyen antes que sus seguidores lo hagan. Sin embargo, algunas personas valerosas se me acercaron: Algu-nos valientes, hombres y mujeres; unos viejos y otros jóvenes. Todos dijeron que yo les había dicho cosas que nunca nadie les había dicho antes. Dijeron que se les habían abierto los ojos, que se sentían mucho más ligeros en su interior. En sus ojos, en sus lágrimas de alegría, había un sentimiento de gratitud. Ellos me pidieron que completara esta serie de charlas. Esta gente sincera estaba dispuesta a comprender la vida. Deseaban que elaborara más el tema. Ese fue uno de los motivos de mi regreso a Bombay. Una gran multitud se reunió cuando salí del Bhavan, y me felicitó por lo que había dicho. Entonces sentí que, aun cuando los líderes se habían esfumado, el público estaba conmigo, y fue así que en ese momento decidí exponer el tema exten-samente. Y éste es el porqué del seleccionar este tema. Otro motivo fue que aquellos que huyeron del auditorio habían comenzado a decirle a la gente, en todas partes, que yo decía tales blasfemias que la religión sería, con toda seguridad, destruida; que había hablado de temas que volverían irreligiosa a la gente. Por lo tanto, pensé que debía elaborar mi punto de vista, aun cuando fuera sólo para replicarles. Sentí que debían saber que la gente no se iba a volver irreligiosa si oía charlas acerca del sexo, sino que al contrario, eran irreligiosos porque hasta ahora no habían comprendido el sexo. La ignorancia puede volverte irreligioso. El conocimiento nunca te hará irreligioso. Y afirmo que, aunque el conocimiento pudiese producir irreligiosidad, prefiero ese conocimiento. Pero por supuesto, éste no es el caso. El conocimiento es religión y la ignorancia es irreligiosa. Además, esa religión que se aprovecha de la falta de cono-cimiento no es religión en absoluto: es anti-religión. Y cuanto antes nos deshagamos de ella, mejor. La luz que teme a la luz no es luz en absoluto. Es oscuridad disfrazada de luz. No, la luz siempre invita a la luz. El conocimiento siempre da la bienvenida al conocimiento. Y recordadlo, la religión no es más que otro nombre para la búsqueda del conocimiento sublime, para la percepción de la luz pura. La igno-rancia, la oscuridad, es siempre dañina. Si la Humanidad es envilecida aún más, si sobreviene una com-pleta perversión, si ocurre una desintegración debido a la lascivia, si el hombre se neurotiza debido a la ignorancia respecto al sexo, la culpa no es de aquellos que meditan y reflexionan respecto al tema sexual. La culpa es de esos mal llamados líderes y predicadores de la moral y la religión, que han intentado mantener al hombre en la ig-norancia durante miles de años. La Humanidad se habría liberado de la sexualidad hace mucho tiempo, de no ser por estos opresores. El sexo es normal, pero debemos la invención de la sexualidad a estos gurús religiosos. Este escándalo no podrá ser superado mientras haya ignorancia respecto al sexo. Yo no estoy a favor de la ignorancia en ningún aspecto de la vida. Siempre estoy dispuesto a dar la bienvenida a la verdad a cualquier precio. Así que pensé que si un rayo aislado de luz podía producir tanta agitación en la gente, entonces era conveniente clarificar todo el espectro, aclarar si el conocimiento vuelve al hombre religioso o irreligioso. Fue en esto que me basé para seleccionar este tema. Sin ello, no habría tenido la idea de elegirlo; sin eso, no habría mencionado en absoluto el asunto. Desde este ángulo, merecen nuestra gratitud aquellos que crearon esta oportunidad e, indirectamente, me hicieron elegir el tema de estas cuatro conferencias. Así que si tenéis la intención de agradecerme la elección del tema, por favor no lo hagáis; en vez de eso, agradecédselo a aquellos que me están difamando. Ellos me han obligado a hablar de esto. Ahora, vayamos al tema en sí. Un amigo ha preguntado que, si la transformación del sexo se convierte en amor, ¿quiero acaso decir que también el amor de una madre por su hijo se debe al sexo? Algunos otros también han for-mulado preguntas similares. Resultará útil comprender esto. Si escuchásteis atentamente, recordaréis que os dije que existe una intensa profundidad en la experiencia del sexo, a la que habi-tualmente nadie llega. Existen tres niveles del sexo, y deseo hablar ahora acerca de ellos. Uno de ellos es el nivel más grosero. Un hombre acude a una prostituta. La experiencia que allí obtiene no puede ser más profunda que la del nivel físico. Una prostituta puede vender el cuerpo, pero no dar el corazón y por supuesto, no existe forma de vender el alma. Los cuerpos pueden encontrarse, como ocurre en una violación. En una violación, no hay encuentro de los corazones o las almas. Una violación puede ocurrir sólo en el nivel físico: no existe forma de violar un alma. La experiencia de la violación es física. La experiencia primaria del sexo se halla en el nivel fisiológico, pero aquellos que se detienen allí no podrán lograr la experiencia total del sexo. No podrán conocer las profundidades acerca de las cuales he estado hablando. Hoy en día, la mayoría de las personas se ha detenido en el nivel físico. En relación a esto, es necesario saber que en aquellos países donde los matrimonios ocurren sin amor, el sexo se estanca en el ni-vel físico: no puede avanzar más allá de ese punto. Ese matrimonio puede ser de dos cuerpos, pero no de dos almas. Sin embargo, el amor sólo puede ocurrir entre las almas. El matrimonio puede tener un significado más profundo si existe debido al amor, mientras que los matrimonios que ocurren mediante cálculos de pundits y astró-logos o en base a consideraciones de casta, credo o asuntos mone-tarios, no podrán ir más allá del nivel físico. Existe una ventaja en este sistema, en el sentido de que el cuerpo es más estable que la mente, de modo que en la sociedad en la cual el cuerpo es la base del matrimonio, el sistema matrimonial resultará más estable. Durará más, pues el cuerpo no es algo inestable, porque el cuerpo es casi un factor constante. En él, los cambios aparecen muy, muy lentamente, en forma casi imperceptible. El cuerpo es algo constante y aquellas sociedades que creyeron necesario estabilizar la institución del matrimonio, que creyeron necesario mantener la mo-nogamia, sin dejar abierta la posibilidad de cambios, tuvieron que renunciar al amor. Tuvieron que extirpar el amor. Esto se debió a que el corazón es la morada del amor, y el corazón es inestable. En esta misma línea, los divorcios serán inevitables en aquellas sociedades en que el matrimonio se basa en el amor. En esas sociedades, los matrimonios cambian a cada instante; no pueden constituir un conve-nio estable, pues el amor es fluido. El corazón es mercurial; el cuerpo es constante, estable. Si en tu jardín encuentras una piedra, esa piedra estará por la tarde en el mismo lugar en el que estuvo por la mañana, pero una flor aparece por la mañana y por la tarde se marchita, se cae al suelo. La piedra es un objeto inanimado. Tal como estaba por la mañana seguirá estando por la tarde. Los matrimonios que se realizan en un nivel físico traerán estabilidad, pero no distinta a la de las piedras. Esto va en favor del interés social, pero en detrimento del interés del individuo. En matrimonios de ese tipo, el sexo entre esposo y esposa no llega a dimensiones más profundas. El sexo se transforma en una mera rutina mecánica. La sensación se repite con frecuencia y luego se fosiliza. No ocurre nada más, excepto que los participantes se encuentran cada vez más embotados. Existe muy poca diferencia entre acudir a una prostituta y el estar casado en un matrimonio sin amor. Acudes a una prostituta por un día, mientras que compras una esposa por toda la vida. Esa es la única diferencia. Cuando no hay amor, se compra algo, sea por un día o para toda la vida. Por supuesto, debido a la asociación cotidiana, surge un cierto tipo de relación... y la llamamos amor. Eso no es amor; el amor es algo totalmente diferente. Este matrimonio es corporal, y, por tanto, la relación no podrá ser más profunda que la del nivel físico. Ninguno de los manuales y escrituras que, desde el Vatsyayana hasta el Pundit Koka, se han escrito, no van más allá de el nivel físico. Esto es respecto a un primer nivel. Otro nivel es el psicológico; el de la mente, el del corazón El matrimonio de aquellos que se enamo-ran y luego se casan va un poco más lejos, un poco más profundo que los matrimonios de nivel físico. Llega al corazón, llega al nivel psicológico. Sin embargo, debido a la monotonía diaria, también bajan al nivel físico. La institución matrimonial que se ha desarrollado en Occidente en los últimos doscientos años, se halla en este nivel. Y debido a esto, sus sociedades están desmembradas y corrompidas. El motivo de esto es que no puedes fiarte de la mente o del sen-timiento. La mente hoy desea algo y mañana pedirá algo diferente. Por la mañana, desea algo determinado y por la tarde pedirá algo dis-tinto. Lo que siente ahora será algo totalmente diferente de lo que sintió hace sólo unos instantes. Puede que hayas oído que Byron, antes de que finalmente se casara, había tenido relaciones íntimas con, al menos, sesenta o setenta mujeres. Cuando salía de la iglesia, después de la ceremonia, llevando del brazo a su nueva mujer, recién casados, vio a una hermosa mujer que pasaba por allí. Su belleza le transfiguró. Por un instante se olvidó de su esposa y del muy reciente matrimonio. Pero debió de ser un hombre muy sincero, pues le dijo a su esposa: «¿Te has dado cuenta? Acaba de suceder algo extraño. Hasta ayer, cuando aún no estábamos casados, yo estaba preocupado: no sabía si lograría o no hacerte mía. Tú eras la única mujer que había en mi mente. Pero ahora, cuando ya estamos ya casados... acabo de ver a una hermosa mujer pasando por la calle cuando bajábamos las escaleras. Por un instante me olvidé de ti; mi mente comenzó a correr detrás de esa mujer, y en un destello, me cruzó por la mente la pregunta: ¿podría conseguir a esa mujer?». ¡Ah! La mente cambia a cada instante. Y tanto es así que aquellos que deseaban estabilizar la vida familiar, no permitieron que el matrimonio alcanzara el plano psicológico. Fue detenido en el plano físico. Dijeron, «Cásate, pero no por amor. Si el amor aparece después del matrimonio, acéptalo; de otro modo, deja las cosas tal y como están.» La estabilidad es posible en el plano físico, pero en el plano psi-cológico resulta muy difícil. La experiencia sexual es más profunda y sutil en el plano mental. Y por tanto, la experiencia en Occidente es más profunda que en Oriente. Los psicólogos de Occidente, de Freud a Jung, han escrito acerca de esta segunda etapa del sexo: el nivel psicológico. Pero el sexo del cual hablo corresponde al tercer nivel, que hasta ahora no ha sido alcanzado ni en Oriente ni en Occidente. Este tercer nivel es el espiritual. En el nivel físico, existe cierto tipo de estabilidad, pues el cuerpo es inerte. También existe una estabilidad en el nivel espiritual, pues tampoco hay cambio en ese nivel: allí sólo hay calma y eternidad. Y entre estos dos niveles existe el nivel psico-lógico, que es escurridizo como los recuerdos. Occidente está experimentando en este nivel, y es por esto que allí los matrimonios se deshacen y las familias se desintegran. Un matrimonio que haya surgido de la mente y una familia estable no son elementos compatibles. Ahora la tendencia es divorciarse cada dos años, pero puede que llegue a ocurrir cada dos horas. La mente puede variar hasta en una hora. La sociedad occidental se halla desarticulada. En comparación a esto, la sociedad oriental ha sido estable; pero Oriente no ha logrado penetrar en las profundidades sutiles y sublimes del sexo. Un hombre y una mujer que se unan en un nivel espiritual -aun cuando sea sólo una vez- sienten que se han unido en una interminable cadena de vidas futuras. Ahí existe fluidez; la ausencia de tiempo y el puro éxtasis son el regalo de novios. El sexo del que os hablo es el sexo espiritual, la experiencia divina. Yo deseo que exista una orientación espiritual del sexo. Y si entendéis lo que estoy diciendo, comprenderéis que el amor de la madre hacia el hijo forma parte del sexo espiritual. Diréis que ésta es una afirma-ción disparatada. ¿Qué tipo de relación sexual podría haber entre madre e hijo? Para comprender esto correctamente tendremos que analizar muchos otros aspectos del sexo y de las interrelaciones entre esposo, esposa e hijo. Tal y como os dije, un hombre y una mujer, un marido y su esposa, se encuentran solamente por breve espacio de tiempo. Sus almas también se encuentran, se unen, pero sólo por un instante, mientras que el hijo permanece en el vientre de la madre por un período de nueve meses. Durante este tiempo su existencia es una con la de la madre. El marido también establece un contacto con su esposa a este nivel, donde solamente hay existencia, donde solamente hay ser. Pero es sólo por un instante, y luego se separan. Se encuentran por un momento y luego se distancian. Por tanto, la intimidad que la madre tiene con el hijo no resulta posible con el marido, no puede lograrse. El niño en el vientre de la madre respira el aliento de la madre, palpita a través del corazón de la madre, es uno con la sangre y la vida de la madre. Aún no tiene existencia individual; aún forma parte de la madre. Ningún marido puede satisfacer a una esposa en el grado en que un hijo lo hace. Ningún marido puede jamás proporcionar a la esposa un sentimiento de unidad profundo como la que un hijo puede dar. Y también, el crecimiento de una mujer es incompleto si no llega a la maternidad. Una mujer no alcanzará el pleno desarrollo de su personalidad, el florecimiento de toda su belleza, si no se convierte en una madre. Una mujer no podrá estar totalmente satis-fecha sin convertirse en una madre, a menos que descubra la relación profunda y espiritual que existe entre la madre y el hijo. Junto con esto, daos cuenta por favor de que, apenas una mujer se transforma en madre, su interés en el sexo decae automáticamente. Ha probado intensamente el sabor de la maternidad al coexistir du-rante nueve meses con una vida palpitante y a partir de ese momento, el sexo tiene poco atractivo para ella. A veces el marido se queda perplejo ante esta apatía, pues el convertirse en padre no modifica en nada su actitud hacia el sexo. El no tiene ninguna relación profunda con el proceso del nacimiento. No tiene unión espiritual con la nueva vida que nace. Pero en una mujer, convertirse en madre implica un cambio fundamental. El padre constituye una institución social. El niño puede crecer sin el padre; pero con la madre tiene una relación profundamente establecida. Después del nacimiento de un niño, un nuevo tipo de calidez es-piritual cobra fuerza en una mujer. Si miras a una mujer que se ha convertido en madre y a una mujer que no lo es, sentirás una diferencia entre sus personalidades en razón de la tranquilidad que emanan. En una madre hallarás una placidez, una calma; la calma que ves en un río que ha llegado a la llanura. En aquella que aún no es madre descu-brirás una fluidez efervescente, como la de un arroyo que aún se halla en las montañas, que fluye, ruge, y se precipita hacia el llano. Una mujer se tranquiliza, se calma y se serena después de alcanzar la maternidad. En relación con esto, quiero decir que la mujer que se halla loca por el sexo -como es el caso en el Occidente de hoy- no desea con-vertirse en madre, pues después de la maternidad la atracción por el sexo disminuye súbitamente. La mujer occidental rehúsa convertirse en madre, pues apenas lo es, pierde interés en el sexo. La complacencia en el sexo permanece mientras no se convierte en madre. Los gobiernos de muchas naciones occidentales se hallan preo-cupados respecto a este problema. Si este estado de cosas se perpetúa, ¿qué le ocurrirá a la población mundial? Nosotros estamos preocu-pados por el aumento de la población y algunos países occidentales están asustados por la disminución de la población. Esto se debe a que nada podrá hacerse si la idea de que si te conviertes en madre te desinteresas por el sexo, se establece firmemente. Por ley, podría implantarse un programa de planificación familiar, pero ninguna norma legal puede forzar a una mujer a convertirse en madre. Este problema de los países occidentales es más complicado que nuestro problema de superpoblación. Podemos detener el aumento por la fuerza o en forma legal, pero ellos no pueden aumentar en número por medio de una ley. En los próximos doscientos años, este problema adquirirá enormes proporciones en Occidente, pues la población de Oriente seguirá aumentando de forma espectacular, y podría conducir a que estos países dominaran al mundo entero. Simultáneamente el poder del hombre en Occidente disminuirá con el paso del tiempo.Tendrán que convencer a las mujeres para que se conviertan nuevamente en madres. Algunos de sus psicólogos han comenzado a apoyar los matri-monios de niños. Una mujer que se acerque a la madurez no va a in-teresarse por convertirse en madre. Estará más interesada en disfrutar sexualmente. Esos psicólogos favorecen el matrimonio a edad muy temprana, pues de esa forma, la mujer no se vería perturbada por otras ideas antes de haberse convertido en madre. Esta fue también una de las razones que había tras los matrimonios entre niños en el Oriente. Ellos sabían que la mujer no desearía casarse y ser madre cuando llegará a la adolescencia, cuando se hiciera consciente del sexo, cuando ya hubiera probado y gustado del sexo. Esta actitud de inmensa atracción por el sexo está presente en las mujeres hasta que llegan a saber lo que pueden obtener convirtiéndose en madres. Eso lo pueden comprender sólo después de serlo y no existe forma de tener noción de ello antes de que ocurra. ¿Por qué una mujer se siente tan gratificada tras ser madre? Porque ha mantenido una experiencia de sexo espiritual continua y divina con el niño. Y es sólo debido a esto que hay una intensa intimidad entre una madre y un hijo. Una mujer ofrecerá su vida por su propio hijo, pero no podrá concebir siquiera la posibilidad de quitarle la vida. Una esposa puede matar a su esposo; ha ocurrido muchas veces. Si no lo hace, puede que produzca las condiciones en su hogar que conduzcan al mismo punto. Pero con respecto a su hijo, nunca podrá pensar en una cosa así, puesto que en este caso la relación es muy íntima. Pero al mismo tiempo quiero decir que, cuando ella desarrolla una relación profunda con su esposo, el esposo también se convierte en un hijo para ella; entonces deja de ser su esposo. Hay muchos hombres y muchas mujeres sentados en esta reunión. Deseo preguntarles a los hombres presentes si, cuando se han sentido inundados de amor por sus esposas, ¿no se han comportado acaso como niños con sus madres? ¿Sabes acaso por qué la mano del hombre es inconscientemente atraída por el pecho de la mujer? Esa es la mano de un niñito buscando el pecho de su madre. Tan pronto como un hombre se halla inundado del amor por una mujer, su mano se dirige hacia el pecho de la mujer ¿Por qué? ¿Qué relación guardan los pechos con el amor o con el sexo? El sexo no guarda ninguna relación intrínseca con los pechos, pero el niño establece una aso-ciación con los pechos de la madre. Desde su infancia, el niño se ha empapado con la idea de que su relación es con el pecho, la línea de la vida. Cuando un hombre se halla lleno de amor, se transforma en un hijo. Y recíprocamente, ¿adónde se dirige la mano de la mujer? Va ha-cia la cabeza del hombre; los dedos comienzan a acariciar el pelo. Estos son los recuerdos del niño. Ella acaricia el pelo de su hijo. Es por eso que, si el amor florece en forma total, a nivel espiritual, el ma-rido se transforma en un hijo - debe transformarse en un hijo-. Enton-ces uno puede suponer que ha alcanzado el tercer nivel del sexo: el nivel espiritual. Pero nosotros desconocemos esta relación. La relación de marido y mujer es el comienzo, no el final, de un viaje. Y recuérdenlo, esposo y esposa siempre se hallarán en tensión, pues se trata de un viaje. Un viaje siempre es agotador; sólo puedes tener paz al llegar a tu destino. Esposo y esposa no pueden estar en calma, pues siempre se hallan en movimiento, siempre en el camino. Y la mayor parte de la gente muere durante ese viaje y jamás llegan a la meta. Debido a esto, siempre hay un conflicto interno entre marido y mujer. Todo el tiempo hay un forcejeo y a eso lo llamamos amor. Desgraciadamente, ni el marido ni la mujer comprenden el verdadero motivo de la tensión, de la rivalidad. Creen que es un problema de desavenencia entre ellos. El marido cree que, si se hubiese tratado de otra mujer, todo habría ido mejor, y la mujer piensa que, si se hubiese encontrado con otro hombre, es probable que todo hubiera ido bien. Deseo decirles que ésta es la experiencia de todas las parejas del mundo. Si se te da la oportunidad de cambiar tu pareja, la situación no variará un ápice. Será como cambiar de hombro cuando llevas un ataúd al cementerio. Te cambias de hombro y al principio sientes un alivio. Después de un breve lapso, te darás cuenta de que el peso se siente igual que antes. La experiencia de Occidente, donde el divorcio se halla muy difundido, es que la siguiente esposa resulta ser, al cabo de poco tiempo, igual a la anterior. De la noche a la mañana, el nuevo marido resulta igual que el anterior. El motivo de esto no se halla en la superficie, sino en lo profundo. El motivo no tiene nada que ver con el individuo, hombre o mujer. La razón es en que el matrimonio es un viaje, un proceso. Ni es el objetivo ni la meta. Habrán llegado a la meta cuando la mujer se transforme en una madre y el hombre se transforme en un hijo. Un amigo ha preguntado algo en relación a esto. El dice que no me acepta como una autoridad en el tema del sexo. Consiente en preguntarme acerca de Dios, pero no acerca del sexo. Dice que él y algunos de sus amigos vinieron aquí a oír hablar de Dios y que, por tanto, sólo debería hablar de Dios. Quizás no saben que resulta inútil preguntar acerca de Dios a una persona a la que ni siquiera con-sideramos una autoridad respecto al sexo. ¿Pensarías preguntar sobre la cima dorada a una persona que ni siquiera sabe nada respecto al primer campamento? Si lo que digo respecto al sexo no es aceptable, no deberíais venir a preguntarme acerca de Dios. Si no me creéis capacitado para hablar ni siquiera del primer paso, esa pregunta resulta superflua. ¿Cómo podría ser competente para hablar del último paso? La psicología que subyace en esta interrogante es que, hasta ahora, Kama y Rama, la lujuria y Dios, son considerados como enemigos recíprocos. Hasta ahora, también se da por sentado que aquellos que se hallan en busca de la religión no tienen nada que ver con el sexo y que aquellos que indagan en el sexo no pueden tener nada en común con los asuntos espirituales. Las dos ideas son una ilusión. El viaje hacia Kama es también el viaje hacia Rama; el camino hacia la lujuria es también el que conduce a la luz. La tremenda atracción hacia el sexo es también la búsqueda de lo Sublime. Debido a que el hombre se halla completamente envuelto en el sexo, nunca siente que su viaje se ha completado. A menos que llegues a Rama, la sublimación, la búsqueda, no puede terminar. Y aquellos que se hallan en contra de Kama -el sexo- y parten en busca de Rama, no se hallan en busca de lo Sublime. No es otra cosa que escapismo en nombre de Rama. Se ocultan bajo el disfraz de Rama para apartarse de Kama, porque se hallan muertos de miedo respecto al sexo, porque sus vidas se hallan perturbadas por el sexo. Buscan refugio repitiendo el nombre de Rama en voz alta: Rama, Rama... para poder olvidarse del sexo, de Kama. Cuando veas a un hombre entonando el nombre de Rama, obsérvalo con detenimiento. Detrás del nombre de Rama estará el eco de Kama. Allí verás una muy mar-cada conciencia del sexo. Si una mujer se aparece, comienza a usar su rosario, a repetir Rama, Rama, Rama. Si una mujer aparece ante él, recorrerá el rosario a toda velocidad y entonará el nombre de Rama a voz en grito. Kama, que está en tu interior, trata de salir; el escapista trata de ignorarlo, ahogarlo y reprimirlo entonando el nombre de Rama. Si un truco tan ingenuo pudiese modificar en algo la vida, el mundo habría cambiado para mejor hace ya mucho tiempo. La religión no es tan fácil de alcanzar. Resulta imperativo conocer a Kama si deseas llegar a Rama, si deseas buscar al Sublime. ¿Por qué? Un hombre desea ir de Bombay a Calcuta. Primero se informa acerca de Calcuta, en dónde está, hacia dónde queda; sin embargo, si no sabe dónde queda Bombay, en qué dirección se halla en relación a Calcuta, ¿podrá acaso tener éxito en su empresa? Para llegar a Calcuta es imprescindible saber dónde se halla Bombay; es decir, el punto donde se halla el viajero. Si no sé dónde se halla Bombay, toda mi información sobre Calcuta resultará inútil. Después de todo, tengo que partir desde Bombay. El viaje debe iniciarse en Bombay. El punto de partida viene primero y el punto al que debes llegar viene después. ¿En qué punto estás ahora? ¿Anhelas emprender el viaje hacia Rama? Bien. ¿Deseas elevarte hacia Dios? Muy bien... Pero, ¿en dónde estás ahora? Ahora estás estancado en la lujuria, ahora estás anclado en el sexo; ésa es tu residencia desde donde se iniciará el viaje, desde donde tienes que dar el primer paso hacia adelante. Por tanto, es obligado comprender el punto en el cual nos hallamos ahora. Al comprender la realidad, al comprender la estricta realidad, también podremos comprender cuál es la posibilidad futura. Para saber lo que podemos alcanzar, es deseable conocer lo que somos. Para llegar a la etapa final, es necesario dar el primer paso, pues el primer paso va a trazar el camino para el segundo y, finalmente, para el último paso del via-je. Si el primer paso se da en la dirección equivocada, no podrás llegar al destino deseado. En su lugar, llegarás a alguna selva. Por tanto, si deseas alcanzar lo Supremo, lo Universal, es más importante comprender a Kama que a Rama. No puedes llegar allí sin comprender el sexo. Se me dice también, mediante una carta, que las opiniones de Freud pueden ser consideradas honestas y aceptables; pero, ¿cómo puede el que pregunta considerar las mías como verdaderas y sinceras? ¿Cómo podéis decidir si soy o no sincero y honesto? Si yo digo algo respecto a esto, no tendrá ningún valor, pues soy yo mismo el que se halla en tela de juicio. El que yo afirme que soy honesto no tiene ninguna validez. Tampoco tendrá validez el que diga que no soy honesto, pues lo que está en duda es si la persona que afirma estas cosas es o no un hombre honesto. Por tanto, cualquier cosa que diga a este respecto no tendrá valor alguno. Será en vano. Tendrás que experimentar en el terreno del sexo y descubrir por ti mismo si soy o no honesto. Cuando tengas la experiencia, sabrás la verdad de lo que digo; no hay otra forma de decidir este punto. Por ejemplo, si os hablo sobre técnicas de natación, podréis tener dudas respecto a si mi método es factible y si es o no correcto. Yo replicaría diciéndoos que nos fuéramos a un lugar donde pudierais bajar al río y sumergiros en el agua. Si mi sugerencia resultara útil para cruzar el río, deberíais concluir que lo que dije no era inútil ni falso. Acerca del asunto de Freud, quisiera explicarle al amigo que, posiblemente, Freud no sabía nada respecto a lo que estoy hablando. Freud fue uno de los pocos visionarios que han guiado a la Humanidad hacia la liberación, pero él no tenía ni idea acerca del sexo espiritual. El tipo de conocimiento que Freud sistematizó fue respecto al sexo «enfermo». Su investigación apunta a lo patológico. Freud fue como un médico y sus innovaciones son similares a los tratamientos diseñados para enfermos. El no ha estudiado el sexo normal y sano. Fue un erudito investigador de la enfermedad, de la perversión, pues su mente se hallaba fundamentalmente enfocada al tratamiento, a la cura. Por tanto, si te sientes inclinado a confirmar mi veracidad, deberías revisar la filosofía tántrica. El Tantra realizó tempranos intentos por espiritualizar el sexo, pero hemos prohibido referirnos al Tantra desde hace miles de años. Los monumentos de Khajuraho y los templos de Puri y Konarak son sus pruebas vivientes. ¿Has ido alguna vez a Khajuraho? ¿Has visto sus estatuas? Si es así, debes de haber expe-rimentado dos fenómenos extraordinarios. En primer lugar, al ver las estatuas desnudas que copulan, no habrás sentido nada de vulgar en ellas. No habrás hallado nada maligno o repugnante en estas esculturas desnudas que se aparean. Al contrario, habrás tenido un sentimiento de paz; entra en ti una sensación sagrada. Esta reacción produce una completa sorpresa. Los visionarios que crearon estas estatuas habían visto y conocido el sexo espiritual desde muy cerca. Si ves a un hombre dominado por el sexo, si observas sus ojos, su rostro, lo verás feo, temible, bestial. Verás una lascivia perturbadora y feroz en sus ojos. Cuando una mujer ve a un hombre -aun al más querido- acercársele lleno de lascivia, verá en él a un enemigo, no a un amigo. El hombre no le parecerá humano, sino un mensajero del infierno. Pero en los rostros de esas estatuas verás una sombra gloriosa de Buda, un reflejo de Mahavira. La serenidad, la emoción en los rostros de las estatuas que se aparean y en los iconos que copulan es la del samadhi. De ellas emana una cualidad sagrada y serena. Si meditas sobre esas estatuas, lo único que te envolverá será una ola de eterna paz. Sentirás reverencia. Si temes que la sexualidad se apodere de ti al ver las estatuas e iconos desnudos, te suplico que sin más demora, vayas directo a Khajuraho. Khajuraho es un monumento único en esta tierra, pero nuestros moralistas, como el difunto Shri Purshottamdas Tandon y sus colegas, eran de la opinión de que los muros de Khajuraho debían ser cubiertos con un revestimiento de terracota, pues ellos creen que esas imágenes inspiran sexualidad. Me quedé asombrado cuando oí eso. Los que construyeron Khaju-raho tenían una intención clara: que si las personas se sentaban frente a las estatuas y las observaban, desapareciera su lujuria. Esas imágenes han sido objeto de meditación durante miles de años. Se sabe que a personas supersexualizadas se les sugirió que meditaran y se dejaran disolver en esas estatuas. Aun cuando hemos comprobado que esto es una realidad en la experiencia humana, no hemos logrado darnos cuenta de ello. Para dar un ejemplo, si vas andando y ves a dos personas peleando en el camino, te darán ganas de detenerte y mirar la pelea. ¿Por qué? ¿Has pensado alguna vez en qué es lo que obtienes observando las peleas de otros? Te detienes -digamos, por media hora- dejando de lado un montón de trabajo, para ver una pelea. Acudes a combates de boxeo. ¿Por qué? Es posible que no sepas que eso produce un efecto curativo. Tu instinto de pelea, profundamente enraizado, se aquieta viendo pelear a dos hombres. Se disipa, es expulsado y en igual pro-porción te calmas. Si uno se sentara en calma, con una mente tranquila y meditara y observara a los iconos copulando, el maníaco interno, la loca sexualidad del hombre, podría evaporarse. Un hombre acudió a un psicólogo con un problema. Se hallaba muy irritado con su jefe. Si el jefe le decía algo, él se irritaba y sentía deseos de sacarse el zapato y golpearle con él. Pero, ¿cómo vas a ser capaz de pegar a tu jefe? Y sin embargo, no es posible que exista nadie que no desee pegarle a su jefe. Resulta excepcional encontrar a un empleado que no sienta eso. Sabes esto si eres un empleado y también lo sabes si eres un jefe. Un empleado siempre se halla molesto por estar trabajando y siempre se halla con ánimo de incomodar. De uno u otro modo, este hombre siguió reprimiendo, cada vez que lo sentía, el deseo de pegarle a su jefe. El problema comenzó a agravarse y, temeroso de que un día u otro pudiera realmente golpear al jefe, comenzó a dejar sus zapatos en su casa antes de ir a la oficina. Pero no lograba olvidar los zapatos que había dejado en su casa. Cada vez que veía a su jefe, sus manos se dirigían auto-máticamente hacia los pies, pero por fortuna, los zapatos se habían quedado en casa. Le tranquilizaba el no llevarlos consigo, pues un día, en un arranque de locura, podría sacarse un zapato y lanzárselo al jefe. Pero no se liberaba de los zapatos dejándolos en casa. El zapato cobraba inusitada importancia en su mente. Si se encontraba dibu-jando garabatos con un lápiz, dibujaba un zapato en el papel. En sus momentos de ocio, los garabatos cobraban la forma de un zapato. El zapato invadía su mente. Tenía un temor mortal de ser capaz de atacar al jefe alguna vez, en cualquier momento. Declaró en su casa que era mejor que no fuese a la oficina, pues su estado mental era tal que ya no necesitaba nada con lo que dar golpes. Sus manos ya habían comenzado a dirigirse a los pies de sus colegas. En este trance, sus parientes en su casa pensaron que ya era hora de llevarlo a un psi-quiatra. Así que lo llevaron. El psiquíatra dijo que la enfermedad no era grave. Era curable. Sugirió que colgase una fotografía del jefe en la casa y que la golpeara con un zapato cinco veces cada mañana. La foto debía ser golpeada cinco veces cada mañana, religiosamente, antes de ir a la oficina, sin dejar de hacerlo ni un solo día. El ritual debía ser observado como la misa diaria, como las oraciones diarias. Luego, después de regresar de la oficina, el proceso debía repetirse todos los días. La primera reacción del hombre fue: «¡Qué absurdo!» Aunque asombrado, internamente se sentía contento. Colgó la foto e inició el ritual, tal como se le había aconsejado. El primer día, cuando fue a la oficina después de golpear la foto cinco veces, tuvo una extraña sen-sación. No se sentía tan irritado como solía estar y en un par de semanas se volvió muy cortés con el jefe. El jefe también observó un cambio en él. Por supuesto que él no sabía lo que estaba ocurriendo. También le dijo al empleado que últimamente le sentía muy cortés, muy obediente y muy amable. Quería saber qué pasaba. El empleado replicó: «Por favor, no me pregunte; de otro modo, puede que todo se trastorne otra vez. No puedo decírselo.» ¿Qué es lo esencial en esto? ¿Puede lograrse algo golpeando una fotografía? Sí, golpeando la fotografía, la obsesión por golpear con el zapato se fue esfumando: el complejo desapareció. Templos como los de Khajuraho, Konarak y Puri deberían estar en cada rincón de este país. No hay nada importante en otros templos, nada científico, nada planeado, ningún significado. No constituyen una necesidad. Pero la existencia de los templos de Khajuraho y de otros similares a éstos es muy significativa. Cualquiera que tenga la mente repleta de sexo debería ir allí y meditar. Cuando regresara, sentiría su corazón más aliviado, se sentiría apaciguado. Los tántricos intentaron elevar el sexo al nivel espiritual, pero los predicadores mora-listas de nuestro país no permitieron que el mensaje llegase a las masas. Esta es también la gente que desea impedir mis charlas.Tres días después de mi regreso a Jabalpur, después de mi charla en el Auditorio Bharatiya Vidya Bhavan, recibí una carta de un amigo, diciéndome que si seguía con este tipo de charlas sería asesinado. Tuve deseos de contestarle, pero ese beligerante caballero parece ser un cobarde. Ni firmó su carta ni mencionó su dirección. Posiblemente temió que yo informara de esto a la policía. Sin embargo, si él está presente aquí, debería aceptar mi respuesta. Suponiendo que se encuentre en este lugar, estoy seguro de que se oculta detrás de un muro o un árbol. Si se encuentra aquí, deseo decirle que no voy a informar de su amenaza, pero que debería darme su nombre y dirección, de modo que al menos pueda enviarle una respuesta. Si no se atreve a hacer eso, debería entonces escuchar mi respuesta con atención. Lo primero y que quizás él no sabe, es que no debiera apresurarse por matarme, porque al unirlo al impacto de la bala, lo que estoy diciendo se transformará en una verdad eterna. Si Jesús no hubiese sido crucificado, el mundo le habría olvidado hace mucho tiempo. Su persecución fue en cierto modo, beneficiosa. George Gouzette afirma que el mismo Jesús planeó su crucifixión. Jesús quiso ser cru-cificado, pues de ese modo, todo lo que predicó se transformaría en verdad viva durante una eternidad y beneficiaría a millones de personas. Esto podría haber ocurrido realmente, pues Judas, que vendió a Jesús por treinta monedas, era uno de sus seguidores más queridos. No es muy creíble que aquél que permaneció durante años junto a Jesús pudiera venderle por una insignificante cantidad de dinero, a menos que Jesús le sugiriera que lo hiciese, que se uniera al enemigo y, posiblemente, que arreglase la persecución de modo que las pala-bras de Jesús pudiesen convertirse en una fuente eterna de néctar y liberar a billones de personas. Podría haber habido trescientos millones de jainos en el mundo -y no solamente tres millones, como es el caso- si Mahavira hubiese sido crucificado. Pero Mahavira murió plá-cidamente; posiblemente ni siquiera había oído de la muerte por crucifixión. Nadie intentó crucificarlo ni él intentó que lo hicieran. Tampoco Buda, ni Mahoma, ni Rama, ni Krishna; ni siquiera Maha-vira, pero Jesús fue clavado a la cruz. Y hoy en día la mitad del mundo es cristiana. El mundo entero puede ser convertido al cristianismo. Ese es el lado positivo de la crucifixión. Por lo tanto, le digo a mi amigo que no se apresure respecto a eso, pues, de otro modo, se arrepentirá por el resto de sus días. El segundo punto es que no debe inquietarse por esto pues yo tampoco tengo la intención de morir tendido en una cama. Me esforzaré lo más posible por lograr que alguien me dispare. No debería sentirse tan apurado, pues yo mismo lo arreglaré cuando llegue el momento adecuado. La vida es útil; pero cuando uno es asesinado, la muerte es también muy útil. La muerte a balazos puede finalizar lo que la vida no pudo completar. Los hombres siempre han repetido este grave error; la gente que dio el veneno a Sócrates, la gente que acabó con Mansur, la gente que crucificó a Jesús. Todos estos fueron actos infantiles, condenados al fracaso. Y también en forma muy reciente, aquél que le disparó a Gandhi no sabía que ninguno de los devotos o seguidores de Gandhi habría logrado prolongar su recuerdo hasta el extremo en que él, por sí sólo, lo hizo. Cuando se le disparó y se estaba muriendo, Gandhi unió las manos en ademán de reverencia . Esa reverencia fue muy significativa, ese gesto de unir las manos fue expresivo, en el sentido de que su último y mejor discípulo había finalmente llegado, porque fue él quien inmortalizó a Gandhi. Dios había enviado al hombre adecuado. Nadie muere al ser asesinado: eso sólo logra inmortalizarle. La trama de la vida es complicada, la historia de la vida se halla llena de suspense. Las cosas no son tan simples. Aquél que muere en su cama muere para siempre, mientras que aquél que muere de heridas de bala no muere. Mientras era preparado el veneno, algunos de sus amigos le pre-guntaron a Sócrates, «¿Qué debemos hacer con tu cuerpo? ¿Debe-mos incinerarlo o enterrarlo, o qué?» Sócrates rió y dijo: «Tontos, ¿no sabéis que no podréis enterrarme? Yo seguiré viviendo aun después de que todos hayáis desaparecido. El truco consiste en que, al elegir la muerte, viviré para siempre». Por esto, mi amigo, si es que se halla aquí, debiera tener presente que no hay que actuar sin reflexionar. De otro modo, en su prisa, sal-drá perdiendo. Yo no recibiré daño, pues no soy de aquellos que son perforados por las balas. Soy de los que sobreviven a las heridas de bala. No debiera apresurarse. Y tampoco debiera inquietarse, pues estoy haciendo todo lo posible por no morir en la cama. Ese tipo de muerte es impropia, es una muerte inútil. Y la tercera cosa que deberá recordar es que no ha de temer firmar sus cartas o añadir la dirección del remitente, pues si estoy convencido de que alguien es lo suficientemente valeroso y se halla dispuesto a matarme, acudiré a una cita sin informar a nadie, de modo que posteriormente no se vea implicado en el asesinato. Pero no hay nada extraño en ese hombre. La locura de ese tipo existe. El que escribió la carta lo hizo con la convicción de que estaba protegiendo la religión. Escribió pensando que yo intento destruir la religión, y que él la está protegiendo. Su intención no es mala. Sus sentimientos son muy sinceros yndés se emborracha, se pondrá a comer y rehusará alejarse de la mesa. Apenas beba, estará comiendo durante dos o tres horas. Si a un francés se le da de beber, comienza a sentir deseos de cantar y bailar. Si un inglés se halla bebido, se irá a un rincón y se quedará quieto. Habitualmente es un hombre calmado, pero cuando se emborracha, se transforma en el más sobrio. Esas son las reacciones típicas de las diferentes nacionalidades. Sin embargo, por error o ignorancia, no se mencionaba a un hindú. El amigo preguntaba, qué tenía yo que decir respecto al carácter hindú. ¿Qué ocurriría si a un indio se le hacía beber en exceso? Le dije que la respuesta era conocida por todo el mundo. Si un hindú se emborracha, de inmediato comienza a predicar. Ese es nuestro carácter nacional. Esta hilera interminable de predicadores, ascetas, monjes y gurús es señal de una enfermedad muy difundida, una indicación de inmoralidad. Y lo más peculiar es que ninguno de estos líderes desea, en lo más profundo de su corazón, que la inmoralidad desaparezca, que la enfermedad sea erradicada, pues si es curada, el predicador ya no será tolerado. Su deseo más interno es que la enfermedad continúe, que aumente. La forma más fácil de impedir que esta enfermedad sea atendida es dificultar el cultivo de cualquier conocimiento básico acerca de la vida y también, atemorizar al hombre respecto a la com-prensión de los núcleos más profundos e importantes de la vida y cuyo desconocimiento producirá automáticamente el aumento de la inmoralidad, el libertinaje y la corrupción. Si la gente reconoce e intenta explorar y reconocer estas facetas profundamente aclaratorias y reveladoras, la irreligiosidad y las en-fermedades que la acompañan comenzarán a desaparecer una a una. Deseo llamar vuestra atención hacia el hecho de que el sexo es el núcleo fundamental de la inmoralidad. Siempre ha sido la causa básica y más influyente de perversión, corrupción y aletargamiento en el hombre. Y por eso, los líderes religiosos nunca desean hablar acerca del tema. Un amigo me ha escrito un mensaje diciendo que ningún santo ni ningún gurú habla acerca del sexo. Escribe que la alta estima que me profesaba ha menguado debido a mis charlas respecto al sexo. Le respondí diciendo que no hay nada malo en ello. En primer lugar, si había tenido en un momento dado un cierto respeto hacia mí, éste era su error. ¿Por qué iba a ser necesario el tenerme una especial consideración?¿Cuál era su motivación? ¿Cuándo le solicité yo que me tuviera respecto? Si me profesaba respeto, fue su error; si no lo siente ahora, ése es su derecho. Ni soy un mahatma, ni me interesa serlo. Si yo tuviese el deseo de convertirme en un mahatma o un gurú, es seguro que nunca habría elegido este tema. Un hombre no puede trasformarse en mahatma si no es lo suficientemente hábil en la selección del tema de sus charlas. Pero nunca he sido un mahatma. No soy un mahatma. Y es seguro que no deseo convertirme en uno. Ese deseo es también una forma sutil de explotación. Explotación practicada por gurús. No; no deseo transformarme en un mahatma, porque el deseo mismo es una proyección de un ego sutil y refinado. Soy un hombre y eso me basta. ¡Ah! ¿No es acaso suficiente ser sólo un hombre? ¿Acaso no puede el hombre estar satisfecho sin sentarse sobre las espaldas de otros hombres, sin imponerse a los demás, sin adquirir poder de una forma u otra? Sea cual sea la posición en que me encuentre, me siento feliz y satisfecho. Deseo la grandeza para la Humanidad. Anhelo un hombre superior. ¡Ah! ¿Y no es acaso lo más grande el convertirse en un hombre con todo el potencial de la cualidad humana? Y todo hombre puede volverse grande. Los días de mahatmas y gurús han terminado. Los mahatmas ya no son necesarios. Es esencial que haya una Humanidad mejor; ahora necesitamos una gran Humanidad. Han exisitdo muchos grandes hombres ¿Qué obtuvimos de ellos? No necesitamos grandes hombres, sino una gran Humanidad. Me com-place que al menos una persona se haya desilusionado. Al menos una persona se ha dado cuenta de que no soy un gran hombre. Este es también un gran consuelo: la desilusión de un hombre. Este amigo me ha enviado el mensaje en un intento de seducirme con ser un mahatma. Cree que yo podría convertirme en un gran gurú si dejo de hablar sobre esta clase de temas. Hasta ahora, los mahatmas y gurús se han visto engañados por este enfoque y, como resultado, estos grandes, pero débiles, hombres, no discutieron esos temas que podrían haber resultado desastrosos para sus posiciones de gurús o mahatmas. Preocupados por salvar sus tronos, nunca les importó el grado en que estaban influyendo para mal en la vida. A mí no me interesa el asiento en lo alto del pedestal; no sueño con eso. No tengo intención de lograr eso. Por otra parte, temo el momento en que alguien desee hacer de mí un mahatma. Hoy en día, abundan los gurús o mahatmas y para hacerse pasar por uno es conveniente adoptar la pose correcta. Siempre ha sido así. Pero el quid de la cuestión no es la cantidad de mahatmas que estén dis-ponibles sino que es cómo puede evolucionar un auténtico hombre. ¿Qué podemos hacer para lograr ese objetivo? ¿Hacia dónde dirigir nuestros esfuerzos? Tengo la esperanza de que lo que hemos hablado os guíe por el sendero adecuado para derribar esas barreras que se interponen en el camino hacia la evolución del hombre auténtico. Con esa luz, aparecerá un camino a la vista. Es posible la transformación gradual de vuestra lascivia . Vuestro sexo puede convertirse en vuestro samadhi. Ahora, tal como estamos hoy, somos nuestra lujuria; no somos nuestra alma. Mañana podremos transformamos en almas también, pero sólo mediante la transformación gradual de nuestra sexualidad ¡Y entonces se iniciará el peregrinaje hacia Dios! Hay muchas otras preguntas similares respecto a lo que dije ayer. Consideraré algunos puntos centrales con relación a esto. Os dije que en el acto sexual deberíais esforzaros para mantener una consciencia continua del samadhi. Uno debiera intentar aferrar ese punto, ese aspecto del samadhi que relampaguea como el rayo en medio del acto sexual. Eso que, como una chispa, aparece por un segundo y luego desaparece. Uno debiera esforzarse por conocerlo, por familiarizarse con él, por abrazarlo. Si al menos en una ocasión puedes contactar con él totalmente, descubrirás que en ese momento no eres un cuerpo, que careces de cuerpo. Durante esa fracción de tiempo, no eres un cuerpo. En ese momento te vuelves alguna otra cosa; el cuerpo se deja atrás y te transformas en el alma, en tu ver-dadero yo. Si tienes un vislumbre de ese resplandor al menos una vez, podrás perseguirlo mediante el dhyana para establecer una relación más profunda y duradera con él. Y entonces, el camino hacia el samadhi es tuyo. Cuando esto se vuelva parte de tu comprensión, parte de tu conocimiento y de tu vida, no quedará espacio para la lascivia sexual. Otro amigo se halla temeroso respecto a qué le pasará a nuestra progenie, nuestra raza, si el sexo desaparece de este modo. Si de esta forma, todo el mundo llega al celibato por vía del samadhi, ¿qué pasará con la generación futura? Se puede asegurar con toda rotundidad que no habrá el tipo de niños que hay ahora. La forma actual de procreación es adecuada para los gatos, perros y animales, pero no para el hombre. ¿Qué clase de actitud hacia la procreación es la que tenemos? ¿Qué clase de insensata forma de engendrar niños es ésta? Esta clase de generación masiva, accidental, no tiene un objetivo; es inútil. ¡Qué inmensa muchedumbre nos hemos vuelto! La población ha aumentado hasta tales proporciones que, según los científicos, si no se hace algo pronto, en cien años, no habrá espacio para mover los dedos de los pies. Dentro de cien años te sentirás en medio de una congregación; donde mires te encontrarás con una reunión en marcha. Resultará innecesario convocar a una reunión. La pregunta de nuestro amigo es muy importante. También podría preguntar cómo se generarían los niños si el celibato se convirtiera en cosa corriente. Deseo darle otra nueva visión y vosotros también deberíais tomar nota. Los niños pueden ser procreados en el celibato; pero entonces, todo el propósito y significado del engendrar niños tendrá una nueva dimensión. La lujuria no es el vehículo correcto para la procreación. Sólo el celibato lo es. El nacimiento de un niño, tal como ocurre ahora, es accidental: te acercas al sexo por otro motivo y los niños aparecen de por medio. Nadie tiene relaciones sexuales con el propósito de engendrar niños. Los niños son huéspedes indeseados y por tanto solamente puedes amar a los niños del mismo modo con que puedes amar a un huésped que no has invitado... y, ¿cómo tratas a los hués-pedes que no has invitado? Les preparas camas para que estén cómodos, les sirves alimento, les mimas, pero todo se hace única-mente por etiqueta. No existe un sentimiento de amor genuino en nuestro interior. Pensamos constantemente: «¿Cuándo va a irse este pesado?». El mismo tratamiento tendrán los niños indeseados. Simplemente porque nunca quisimos tenerlos; estábamos buscando otra cosa. Ellos fueron subproductos. El niño actual no es un producto, es un sub-producto. Ellos no son producidos. Aparecen como la paja que viene con el grano. Y de este modo el mundo entero ha estado empeñado en proteger al sexo frente a esos accidentes. El control de la natalidad se desarrolló en base a esta actitud del hombre. Se desarrollaron instrumentos arti-ficiales de modo que podamos disfrutar del sexo y también nos salvemos de los niños. Desde hace mucho tiempo, se han hecho grandes esfuerzos por rescatar al hombre de este mal llamado mal. Incluso las antiguas escrituras ayurvédicas mencionan los remedios. El egoísta científico moderno también se halla incómodo respecto al mismo asunto del que se preocupaban los pundits del Ayurveda hace tres mil años. ¿Por qué? ¿Por qué se concentra el hombre en investigar esto? Los niños producen tormentas. Aparecen de improviso, traen la carga de la responsabilidad y también existe el peligro añadido de la apatía que se crea en las mujeres hacia el sexo, especialmente después de haber dado luz a uno o más niños. Los hombres tampoco desean tener niños. Puede que un hombre desee tenerlos si no tiene ninguno. No porque ame a los niños, sino porque ama a sus posesiones. Cuando una persona desea tener un hijo no te engañes creyendo que su alma se halla ansiosa por un hijo, por un nuevo e inocente ser humano. Trabajando duro ha amasado su riqueza y quién sabe quién va a quedarse con ella después de su muerte. Por lo tanto, necesita a un heredero, alguien con su sangre para salvar sus bienes, para disfrutarlos. Nadie desea a un niño sólo por el niño. Intentamos protegernos, pero ellos aparecen cuando lo desean. Disfrutamos del sexo y de pronto, el niño aparece. Esos niños son un sub-producto de la sexualidad, y a eso se debe que sean tan enfermizos, tan débiles, tan frágiles y llenos de ansiedad. Los niños también pueden ser engendrados en el celibato, pero el florecimiento posterior no será el de un subproducto del sexo. En-tonces el sexo será el medio de engendrar al niño, y no el fin en sí. Te subes a un avión para ir a Delhi. El avión es un medio para llegar a Delhi. Al llegar a tu destino, no dirás que no quieres bajarte del avión. Habiendo ya alcanzado el estado super-consciente a través del sexo, habiendo alcanzado el estado de brahmacharya, el estado de comunión con la divinidad, el nacimiento de un niño será un verda-dero producto, una verdadera creación. Pero hasta ahora, nuestra inge-niosa mente se ha concentrado en construir mecanismos de defensa para evitar a los niños y poder disfrutar del sexo plenamente. Los esfuerzos deberían dirigirse en la dirección opuesta. Sin embargo, en nuestra situación actual, deseamos quedarnos pegados a nuestro asiento aun después de llegar Palam, el aeropuerto de Delhi. ¿Entiendes mi punto de vista? Si el brahmacharya se extiende, nuestra inventiva se podrá aplicar al ámbito espiritual. En este momento, el impulso se dirige en la dirección opuesta. Es decir: rechazar a los niños y disfrutar del sexo, sólo por el gusto del sexo. Yo también quiero preguntarle a este hombre porqué se halla tan preocupado por salvar al mundo del brahmacharya. Se siente muy preocupado respecto a que si la gente alcanza el brahmacharya, el celibato, eso pueda detener la procreación y terminar con el mundo. Amigo mío, la posibilidad del brahmacharya es, en este momento, nula. Y seguirá siendo nula mientras se halle presente esta extraor-dinaria, insensible y consciente falta de respeto por el sexo. No, no hay peligro para el mundo en ese sentido. Pero la posibilidad de extinción aumenta día a día, debido a la continua procreación accidental. El mundo acabará si se siguen engendrando niños de este modo. No necesitaremos bombas atómicas o de hidrógeno. Esta po-blación que se multiplica constantemente, este lascivo subproducto de un enjambre de gusanos, se destruirá a sí mismo. El hombre que sea resultado del brahmacharya será de un nivel diferente. Tendrá una longevidad que ahora no podemos ni imaginar. Estará en excelentes condiciones de salud; no tendrá enfermedades. Su forma y figura serán las de una estatua majestuosa. Una fragancia etérea emanará de su personalidad. La bondad, el amor, la verdad, la belleza y la religión conformarán su carácter. La religión será parte innata en él. Será como una divinidad encarnada. Hemos sido engendrados irreligiosamente. Sufrimos de irreligiosidad desde nuestro nacimiento; morimos en la no-religión y, entre tanto, hablamos, hablamos y hablamos acerca de la religión desde el nacimiento a la muerte, durante todo el trayecto de la vida, día y noche. En esa Humanidad superior no habrá chismorreos ni vanas d
iscusiones sobre la religión, porque la religión será su modo de vida. Hablamos de aquello que no está presente en nuestra vida. Generalmente no hablamos de aquello que sí forma parte de ella. Por ejemplo, no hablamos del sexo, porque ésa es nuestra forma de vida, pero sí hablamos de Dios, pues ésa no lo es. En realidad, hablamos y quedamos satisfechos hablando acerca de aquello que no podemos alcanzar u obtener. ¿Te has dado cuenta de que las mujeres hablan más que los hombres? Las mujeres siempre están ocupadas hablando de una cosa u otra, con los vecinos, con cualquiera. Sin querer ofender a nadie, se dice que es muy difícil imaginar a dos mujeres sentadas durante mucho rato en el mismo lugar sin que se hablen la una a la otra. He oído que en China se organizó un gran concurso para elegir al mentiroso más grande. Todos los mentirosos del país se reunieron en el lugar convenido. El ganador obtendría una gran recompensa. Cuando le tocó el turno, un hombre dijo: «Fui a un parque, y vi a dos mujeres sentadas en un banco, cada una atendiendo sus que-haceres. Estaban calladas». Se alzó un rugido de vítores. La gente gritó: «No puede haber un embuste más grande que éste. Este es el colmo de las mentiras». Todos votaron por este hombre... ¿Por qué las mujeres hablan tanto? Los hombres trabajan, pero las mujeres no tienen mucho qué hacer. Cuando no hay trabajo, cuando no hay mucha actividad, siempre hay esa charla ociosa. Este rasgo femenino es el carácter nacional de la India. No hay progreso: sólo charlas y discusiones. El hombre nuevo que surja del brahmacharya no será parlanchín, sino que vivirá la vida y no hablará y hablará respecto a la religión. Vivirá en ella. La gente olvidará entonces a la religión como tema de discusión, pues ésta formará ahora parte de su naturaleza. Pensar en ese hombre, imaginárselo, es prodigioso; inspira un temor reverente. Han nacido hombres como ésos, sin embargo, sus nacimientos fueron accidentales. Ocasionalmente, de vez en cuando, nace un hombre de esa belleza, al que ni siquiera las ropas lo hacen más bello. Se eleva, sin vestiduras, desnudo. El brillo de su hermosura se extiende a todo su alrededor. La gente se agolpa en torno a él para verle, para echarle una ojeada a la Verdad viviente. Un hombre así posee tal resplandor, tanta vitalidad que aunque su nombre sea Vardhaman, la gente le llama Mahavira. Tal era el brillo del brahmacharya en él, que la gente se postraba frente a este hombre-Dios. A veces nace un Buda, un Cristo, un Lao Tse. Con dificultad podemos encontrar unos pocos nombres en toda la historia de la Humanidad. El día en que los niños nazcan del celibato, engendrados desde una divina comunión - probablemente no os guste cómo suena la frase «niños engendrados en el celibato», pero estoy hablando de una nueva concepción, de una posibilidad más noble-, el día que el niño florezca desde celibato, la Humanidad será tan hermosa, tan poderosa, tan considerada, tan energética, tan inteligente, que el conocimiento del Yo, o del Super-Yo, o de la Consciencia Universal, no estará muy lejos. Aun cuando imaginar esto resulta difícil, permi-tidme clarificarlo mediante un ejemplo. Si le dices a alguien que sufre de insomnio que tú puedes dormir apenas pones tu cabeza sobre la almohada, es muy probable que no lo crea. Dirá que él cambia de lado en la cama, que se levanta, que se sienta, que recorre su rosario, que cuenta ovejas, pero que no se duerme. Dirá que eres un men-tiroso. Dirá que cómo puede ser posible dormirse instantáneamente con sólo tenderse en la cama. Se quejará de que, habiendo intentado un montón de experimentos, no ha logrado dormir profundamente, a veces, ni siquiera un instante en toda la noche. Un treinta o un cuarenta por ciento de los residentes en Nueva York toman pastillas para dormir, y los psicoterapeutas temen que, en un plazo de cien años, nadie pueda dormir de forma natural. Enton-ces, todo el mundo tomará tranquilizantes para irse a la cama. Si éste es el estado actual de la salud mental en Nueva York, entonces lo mismo podría suceder en la India dentro de otros doscientos años, pues los líderes hindúes no se rezagan demasiado en cuanto a copiar a los extranjeros. No podemos estar muy atrás. Si plagiamos todo lo suyo, ¿cómo podríamos olvidarnos de esto? Así, es posible que en quinientos años todos los hombres del mundo tomen píldoras para dormir antes de acostarse. Al nacer, un niño pedirá un tranquilizante y no leche porque no se habrá encontrado tranquilo ni en el vientre de su madre. En ese momento, resultará difícil convencer a la Humanidad de que quinientos años atrás el hombre podía cerrar los ojos y dormirse sin barbitúricos. Dirán que eso no es posible, qué cómo podrían haberlo hecho. De forma similar, resultará muy difícil convencer a «la Humanidad nacida del celibato» de que la gente fue un día deshonesta, de que un día existieron los ladrones, los asesinos, de que tiempo atrás los hom-bres se suicidaban, de que se envenenaban entre sí o se acuchillaban unos a otros o que guerreaban. Tampoco creerán que el hombre solía nacer de una vulgar sexualidad que no profundizaba un ápice más allá del nivel físico. Podría surgir un sexo espiritual. Podría comenzar una nueva vida. Durante los últimos cuatro días, os he hablado de la posibilidad de alcanzar un nuevo nivel de existencia espiritual. Habéis escuchado mis charlas pacientemente y con mucho amor, aun cuando escuchar discursos como éstos en forma apacible debe haber resultado muy difícil. Debéis de haberos sentido a veces incómodos... Un amigo se me acercó y me expresó su temor a que unas pocas personas, las cuales pensaban que no se debía hablar de este tema, se pusieran de pie y vociferaran hasta interrumpir la charla. Creía que algunos podían protestar airadamente en contra de la discusión de un tema como éste en público. Le dije que habría sido mejor que hubiese habido gente tan valerosa. ¿Dónde hay hombres tan valerosos que se pongan de pie en una reunión pública y le pidan al orador que interrumpa la charla? Si hubiese personas tan valientes en este país, hace mucho tiempo que habrían acallado los disparates y estupideces que, desde altos estrados, pronuncian una interminable serie de tontos. Pero éstos no se han detenido, no los han acallado y nunca los silen-ciarán. Todo el tiempo estuve esperando al valiente que se pusiera de pie y me pidiera que interrumpiera la charla. Entonces habría discutido en detalle el asunto con él. Me habría encantado que sucediera eso. Y de este modo, habéis estado escuchando tranquilamente estos discursos sobre este tema, a pesar de muy religiosos. Esta gente religiosa ha estado jugando con los sentimientos del mundo. Sus intenciones son muy buenas, pero la inteligencia es muy pobre. Estos santurrones y la gente de su tipo han sofocado, desde hace muchísimo tiempo, el desvelamiento de las verdades de la vida. La ignorancia se ha exten-dido por todas partes, debido al oscurecimiento de la verdad. Y estamos tanteando, cayendo, perdidos en la oscura noche de la ig-norancia. Estos predicadores morales han erigido altos púlpitos en medio de nuestra oscuridad, para sermonearnos. Es también igualmente cierto que esos mal llamados santones se hallarán fuera de lugar cuando los rayos de la Verdad comiencen a surgir en nuestras vidas. Cuando logremos entablar una relación viva con Dios en el samadhi, cuando nuestras vidas corrientes y mundanas comiencen a transformarse en vidas divinas, no quedará espacio para los predicadores. El predicador se halla en ventaja mientras la gente se halla a tientas en la oscuridad. El médico es necesario cuando la gente enferma; sin embargo, el doctor será despedido cuando la gente deje de enfermarse. La profesión médica, tal como la profesión de predicador, se halla llena de conflictos internos, pues la vida de un médico depende de que la gente enferme. Aun cuando a un médico se le ve públicamente tratando a los pacientes, él espera que la gente enferme. Y cuando hay una epidemia, agradece a Dios por el negocio, por la llegada de la estación. Oí una historia. Una noche, unos amigos estaban teniendo una gran fiesta, bebiendo y comiendo en un bar, disfrutando hasta tem-pranas horas de la mañana. Cuando comenzaron a irse, el dueño del bar le pidió a su esposa que agradeciese a Dios por enviarles tal canti-dad de clientes. Si ese ajetreo seguía así, se volverían ricos. El cliente, mientras estaba pagando la cuenta, le pidió al propietario que también rogara por la prosperidad de su propio negocio, de modo que pudiesen venir nuevamente. El dueño del bar le preguntó: «A propósito, ¿cuál es su negocio, señor?» «Soy dueño de una funeraria», le contestó, « Mi negocio prospera cuanta más gente muere.» En forma similar, la profesión de un médico es curar a la gente; sin embargo, obtiene más dinero si la gente enferma. Su deseo interno es que el paciente no se cure pronto. Por eso los pacientes ricos tardan en curarse. Los pacientes pobres mejoran pronto, pues el doctor no obtiene mucho beneficios si el pobre permanece enfermo por más tiempo. Las ganancias provienen de los pacientes ricos y de allí que su curación se prolongue. Aun cuando no sea así, el rico siempre está mal; es la respuesta a las oraciones del médico. El predicador es también de la misma clase. Cuanto más inmoral sea la gente, mayor sea el crecimiento de los elementos antisociales; cuanto más se extienda la anarquía, más alto se eleva su púlpito, pues entonces es mayor la necesidad de que los predicadores exhorten a la gente a respetar la no-violencia, a seguir a la verdad, a comportarse en forma honesta, a observar esta norma, a respetar esta máxima, etc. Si la gente es virtuosa, moderada, disciplinada, pacífica, honesta, santa, el predicador dejará de existir. Y un hecho más: ¿Por qué hay tantos líderes y predicadores en la India, más que en ninguna otra parte del mundo? ¿Por qué en todos y cada uno de los pueblos y en todas y cada una de las casas hay un monje, un pundit, un gurú, un swami o un sacerdote? ¿Por qué hay aquí tantos líderes religiosos? Aunque tengamos tantos santos y gurús, uno no debiera concluir por ello que somos gente muy religiosa. De hecho, hoy en día, somos una de las naciones más irreligiosas e inmorales que existen en el mundo. Es por eso que son tantos los predicadores que aprovechan la oportunidad y obtienen una ocupación en nuestro país. Esto se ha transformado en nuestra imagen nacional. Un amigo me envió un artículo de una revista norteamericana. Me preguntaba mi opinión acerca de algo que le faltaba. Era un artículo humorístico. Afirmaba que el carácter de cualquier persona podía ser determinado si se le emborrachaba. Si un hola que muchos temían que alguien se pusiera de pie a protestar y a producir alboroto. Habéis sido muy amables. Estoy agradecido de que me hayáis escuchado tan paciente y tranquilamente. Concluyendo, deseo desde lo más profundo de mi corazón que la lujuria que se halla en nuestro interior se transforme en una escalera mediante la cual alcancemos el templo del amor. El sexo que se halla en nuestro interior puede convertirse en un canal para alcanzar la superconsciencia. Muchas, muchas gracias, y finalmente me inclino ante el Supremo asentado en el interior de todos nosotros. Por favor, aceptad mis respetos. Quinta charla Gowalia Tank Maidan Bombay , 1 de Octubre de 1968 Del libro: Del sexo a la superconsciencia
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HETERONOMIA, PSICOPATIA POSITIVA 1.

26 Marzo 2009 , Escrito por Fundacion Samsara Etiquetado en #LITERATURA


PROLOGO

 

La filosofía, las obras de arte y el amor son recursos que permiten huir de la realidad. La obra de Juan  Marliz se desarrolla en el Demo, que es cualquier rincón donde los sueños se resisten a morir. La vida en escena se muestra con una técnica que permite percibir a cada paso el desfile de personajes lanzando la diferencia y la igualdad a nuestros rostros. Juan Marliz mezcla los colores de la vida para plasmarlos en su texto, pinta con la poesía que se encuentra en lo cotidiano, en los seres del común, dueños de gran sabiduría. El encuentro con el escritor, en toda su dimensión, se logra con la sencillez presente en la visión de la vida, desvirtuando teorías, como las que  siguen aquellos que claman una justificación para seguir respirando. Es un oasis que rescata la literatura, en medio de la abundancia de escritos de andén,  que parecen lavativas espirituales.  

 

Los personajes cobran vida en forma tan clara que se siente su presencia, el lector se sumerge en la lectura y ve aparecer en cada situación a los protagonistas con sus cualidades y defectos. La obra es un acierto en la construcción del dialogo entre el lector y el texto mediante el recurso de la risa,  gracias a las geniales y profundas ocurrencias de los personajes. Cada frase es un alto contenido social, filosófico o político, permitiendo decir que cada palabra  fue pesada en toda su dimensión antes de ser plasmada en el papel. 

 

La invitación es para recibir esta producción de Juan Marliz como un regalo que nos salva del mar de literatura, hecha por encargo o compromiso. A decir de Schopenhauer “hay tres tipos de autores: Primero, los que escriben sin pensar. Escriben a partir de recuerdos, de reminiscencias o,  directamente, a partir de libros extranjeros. Este tipo es el más numeroso. Segundo, los que piensan mientras escriben. Piensan con el fin de escribir. Es un tipo bastante abundante. Tercero, aquellos que han pensado antes de ponerse a escribir.  Únicamente escriben porque han pensado. Son los menos” . A  este tercer tipo pertenece Juan Marliz, escribe sobre lo que ha pensado; su estilo, de gran profundidad, coherente y creativo nos arrebata de lo cotidiano, brindando un espacio para imaginar.  

 

 

Diego Orlando Bernal Sánchez

 

 

NOTA PRELIMINAR

 

Ediciones CORDES se complace en entregar la obra del escritor colombiano Juan Manuel Romero Quintero, quien en un acogedor estilo, presenta una visi ón del mundo a la luz de diferentes corrientes filosóficas. Su obra es de un alto contenido que llama a reflexionar. El acierto de la obra de Juan Marliz es su lenguaje, el cual siendo cotidiano es presentado con una calidad y altura que no da pie para que el lector se sienta insultado por el uso de recursos pobres, como esta en boga en los escritores de moda. Juan Marliz no es un escritor de moda, es un pensador que nos regala retazos de su creación para cautivar nuestra imaginación y poder enfrentar los conceptos en una forma constructiva, amable y sustentada. Los planteamientos que encontramos en su obra escapan a la simple respuesta contestaría, para convertir su escrito en una propuesta de reflexión.

 

Para Ediciones  CORDES es un orgullo presentar nuestra segunda producción literaria con nuestra acostumbrada calidad, dentro de nuestra labor de difundir la producción de personas que producen con altura y desarrollan su propio estilo. Los verdaderos escritores son los que trascienden el tiempo y permanecen convertidos en clásicos. Pensamos que este es el caso de la obra que estamos presentando, su autor queda inmortalizado en el tiempo con la presente creación  que estamos seguros cumplirá su objetivo de deleitar y cuestionar, brindando la posibilidad de imaginar una nueva visión del mundo para comprender que no estamos en una sola dimensión o en mundo plano.

 

 

La Editorial.

 

 

 

 

 

Schopenhauer, Artur, Sobre escritura y estilo, Colección Letras, Eliago Ediciones, Castellón España

 p. 17.

 


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