La peste Blanca 2
LA PESTE BLANCA PARTE DOS
Por Diego Orlando Bernal Sánchez.
La ciudad se viste de gris, el color que se apoderado de todo, hasta de las mentes, a medida que pasan las horas, el olor a muerte es cada vez más intenso, el hambre se mueve como fantasma desesperado, recorre las calles, las casas, todos los lugares donde pueda encontrar un humano para apoderarse de su existencia. Las personas van cayendo por el hambre o por la peste blanca que se fortalece frente a los famélicos cuerpos, debilitados por tanta espera, desesperados con la situación, cuerpos envueltos en lujosas prendas, con el estómago vacío, pero luciendo costosos relojes que pronto son arrebatados de sus muñecas. La maldita peste ha paralizadas a las personas que logra atacar, los muertos quedan con los ojos desorbitados, mirando fijamente, como buscando al culpable de la situación, la imagen genera terror tan solo con observarla, los cuerpos de las victimas sangran demasiado, nadie se atreve a indagar porque razón los cuerpos pierden el vital líquido como si fuera agua teñida, se trata de un singular cuadro clínico que viene devorando a todos, al igual que los carcome el temor, ese miedo que ronda en todo espacio, que se siente al respirar, el olor de muerte, de cadáver en desgracia.
Las personas tratan de huir, abandonan sus viviendas, nadie quiere morir encerrado con la única compañía del fantasma del hambre, por eso se lanzan a las calles perdiendo el miedo al contagio de la peste, pero la realidad es diferente, la intolerancia refleja la ignorancia que se apodera de las mentes indolentes de la masa de seres lastimeros, muchos claman por un pedazo de pan, otros lo roban, una minoría lo empieza a acaparar. Las turbas se van reproduciendo como un cáncer que empieza su etapa de metástasis, en medio de una gran turba de indolentes se aprecia a la extraña anciana caminando, va tarareando una canción incomprensible que combina con un silbido enigmático, ella camina suave como danzando con el tiempo. Al llegar a una estrecha calle, en el fondo un grupo de maleantes observa a la mujer, les llama su atención el vestido que lleva, su ropa es elegante, pero no saben que tan solo luce las prendas y atavíos de su última víctima, ella se ve muy bien arreglada. Al ingresar al callejón el líder del grupo sonríe, como deleitándose al pensar sobre la forma como se van a divertir con la incauta mujer, imagina que primero la despojara de sus elegantes prendas, que luego la golpearan viendo como sufre, tanta diversión será acompañada con el rico botín, ya que de lejos observa que su presa, la despistada anciana es de clase alta y de seguro lleva dinero o joyas.
La extraña anciana no se sorprende al notar la presencia de los hombres del callejón, sigue caminando hasta quedar rodeada por ellos, avanza con su cabeza baja, un sombrero de ala ancha le ocultaba el rostro. El líder al verla se para frente a ella, con voz enérgica le ordena; –déjame ver tus ojos, me encanta observar la mirada de la mujer que he de matar - el hombre recalca cada palabra, la mujer se detiene, queda frente al líder, su actitud es muy firme, sin levantar su mirada le contesta; -No creo que te agrade ver mi rostro- su tono es pausado … el líder no está acostumbrado a ser desobedecido, con un movimiento rápido intenta arrebatar el sombrero de la extraña anciana, pero ella lo sujeta con una mano evitando que caiga, en forma lenta levanta su rostro quedando altiva frente a frente del violento joven, al verla queda paralizado, intenta hablar pero solo balbucea, sus labios tiemblan, el miedo lo empieza a corroer, los demás acompañantes al observar el comportamiento de su líder quedan paralizados de miedo, en el aire se siente el hielo de la muerte, corre un aire que petrifica, que viaja cargado de espanto.
La mujer no volteo a mirar a ninguno de los hombres, centra su mirada en su agresor, le observa fijamente, sus ojos le penetraban hasta su propio interior, el hombre siente que su vida se escapa. Los otro miembros del grupo observan que un hilo de sangre brota por los ojos del líder, al igual que por su nariz, mientras que su boca deja escapar una estúpida sonrisa teñida de sangre, el joven ha quedado paralizado, su cuerpo pierde el control y se estrella contra el piso¸ cae como un pesado saco, el golpe le abre su cabeza de un tajo, su mirada desorbitada apunta a sus amigos, un charco de sangre se acumula al rededor bañando el cuerpo. Todos los que le rodean quedan igual de paralizados, sienten que su vida les abandona, en medio del tormento de no poder mover ni un solo musculo.
Al ver que todos han quedado presa del miedo, la mujer del sombrero sonríe, no voltea a mirar a ninguno, empieza a avanzar con suavidad, camina como danzando mientras acomoda su sombrero, muy sutilmente sacude su abrigo, se ajusta el bolso, alejándose sin prisa mientras piensa que las personas poco a poco van cediendo al encanto de estar muertos sin poder salir de sus cuerpos, -¡que terrible debe ser estar como ellos¡ ver que lo lanzan a la fosa común, catalogado de muerto sin poder gritar, sin poder decir que aún sigue vivo. Debe ser angustiante sentir a los otros cuerpos al lado, sin saber nada, desconociendo si también se encuentran conscientes o si en verdad están muertos- la mujer avanza pensando en la forma como va muriendo la arrogancia, ella va murmurando sus pensamiento en voz baja, pero de repente un desgarrador grito la arrebata de sus cavilaciones, es el grito de una mujer que acaba de encontrar los cuerpos, de su garganta brotó el terrible llamado de auxilio y espanto buscando que alguien la ayude.
La ciudad se sumerge cada vez más en la soledad, nadie acude, todos andan ocupados en conseguir un trozo de pan.
La Peste Blanca
Por Diego Orlando Bernal Sánchez.
Esa mañana la noticia sobre el incremento de muertos dejo en claro que la parca no da tregua, sigue muy activa en su labor de apagar muchas vidas. El ambiente se asemeja a la fumigación contra una plaga, todo es incertidumbre, las personas se empiezan a debilitar en su deseo de vivir, a quienes invade la peste blanca, empiezan a sentir un malestar similar al de las gripas comunes, pero en la medida que se va expandiendo por el cuerpo, la debilidad es mayor, lo peor sucede cuando se instala en los pulmones, eso provoca un ahogamiento, es la falta de oxígeno, tal como le sucede al planeta por las deforestaciones o los incendios que acaban con bosques enteros.
En el improvisado hospital el médico se detiene frente a la cama de la señora que se aferra a su dios, ella le lanza una lastimera mirada, pero no puede hablar,
-mejor que esta callada- piensa el médico, es un hombre que ya se encuentra agotado de escuchar hablar tanto sobre ese dios, pero él considera que ese dios no se ha hecho presente en el lugar. El galeno en silencio piensa; –ayer murió un niño de año y medio, no creo en un dios tan perverso, esa criatura sufrió demasiado con el ahogo que le provoco esta maldita peste-.
Las noticias son lanzadas con la intención de convencer que todo está siendo superado, pero en el aire el olor a muerte ronda por todo lado, las personas le creen más a lo que están oliendo que a lo que les están diciendo. Las calles se encuentran desoladas, esto ha permitido el paso sin problema de los animales por toda la urbe, con el encierro de los humanos, los animales no son desterrados, pensar que este era su lugar de origen, hoy ellos se desplazan por las avenidas observando a los humanos encerrados en sus casas, en sus edificios, como si estuvieran enjaulados, es como si les hubieran castigado por haber hecho tanto mal al planeta.
En medio de su pensamiento el médico es sorprendido por la enfermera, ella ingresa a la habitación y le dice: -Dr. El paciente del cuarto de al lado está sufriendo la crisis respiratoria- el médico la observa, sabe que no quedan más equipos, a su mente llega el recuerdo de la orden del gobierno, deben dar prioridad a los jóvenes, se pasa la mano por la frente, en forma pausada mirando a la anciana ordena; -proceda… lleve el equipo al paciente joven-.
La enfermera lo mira con asombro, sabe que debe cumplir la orden, ella conoce las consecuencias de desconectar a la anciana, eso la entregará a la muerte.
La enfermera procede a realizar el ritual de quitar la careta, desconectar el respirador, recoger el catéter, cuando ha concluido su labor, la anciana se agita desesperada buscando encontrar un soplo de oxígeno, se retuerce, balbucea, su rostro se estremece, lucha por una gota de aire, sus ojos se abren, dando la impresión que se van a desorbitar sus pupilas. La enfermera se apresura, no soporta tener que presenciar esas agonías, cuando logra liberar el aparato sale con el respirador rumbo a la habitación de al lado, camina rápido, huyendo del dramático cuadro, a ella no le gusta ver morir a las personas y menos a una anciana.
El médico espera que la anciana entregue su último aliento, la debe reportar, pero ya no lo hará como una persona muerta por la peste, sino que debe indicar que es una recuperada, la locura de los políticos los ha llevado a considerar que si le mienten a la gente no se van a enterar del número de muertos, todo debe ser como ellos dicen, no como realmente lo es.
Pasado un instante que parece bastante tiempo, la mujer deja de respirar, el último aliento de vida sale de su cuerpo. El médico revisa los signos vitales, confirma que efectivamente falleció, pero en su reporte debe indicar que se recuperó. Al estar seguro del deceso de la anciana se alista para realizar el reporte… de repente… súbitamente la anciana que creía muerta y sin voz, sin aliento y débil, se incorpora de la cama y se queda mirándolo fijamente, su mirada es intensa, tan fuerte es la mirada que logra paralizar al médico, quien en medio de su temor piensa –¡me debo estar volviendo loco, esta mujer se encuentra muerta¡- el médico no se puede mover, estando en esa situación, todo paralizado escucha la firme voz de la mujer. –mercaderes de la vida, usted también es una víctima de esos, son parásitos del mundo, igual que lo fui yo, esos mercaderes de la vida son la peor plaga de este planeta y ni con toda su tecnología se salvarán- las palabras de la mujer llenan de pavor al médico, desea hablar, desea moverse, pero no puede.
La mujer sonríe, sus labios están resecos, por ello pasa su lengua tratando de humedecerlos, luego se libera de algunas vendas que tenía en el cuerpo, se pone de pie y camina hasta el lugar donde se encuentra un traje quirúrgico, se viste con ese traje sin dejar de mirar al médico que sigue paralizado.
-Mire doctor, los viejos no somos fácil presa del olvido, por eso debo salir a recordar que somos como la peste, nos aparecemos en diferentes épocas, lanzamos una advertencia, pero cada vez regresamos más fuertes, dígales que la arrogancia los hundirá más, que esto se pondrá peor-.una vez termina sus palabras la anciana se cubre con un tapaboca y en forma erguida sale de la habitación. Un reguero de líquido moja el pantalón del médico, hasta formar un charco a sus pies, todo se nubla, siente un dulce abrigo en su ser, se siente cansado, pero el impacto de la figura de la anciana es tan fuerte que continua en shock.
La enfermera regresa a la habitación, al observar el macabro cuadro de su garganta sale un grito desgarrador, el personal se apresura para saber lo que sucede, al ingresar al cuarto quedan paralizados, el miedo los embarga, el médico de turno se encuentra tendido en el piso, desangrado, la cama de la anciana se encuentra vacía , su cuerpo no se ve por ningún lado, el galeno no tiene un halito de vida, sus ojos desorbitados que recuerdan los de la vieja que trataba de respirar quedaron en dirección de la puerta, todos se sienten observados por su penetrante mirada.
En la calle, la vieja avanza con pasos firmes, una canción brota de sus labios, piensa en sus nuevas víctimas, entre más rápido se mezcle en los hospitales, más aprisa dejará la ciudad sin médicos…
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